Estas últimas semanas Misombra camina a trompicones, malvive con la cabeza caliente. Tan caliente que a su lado todo huele a quemado, y su pelo toma día a día un color ceniza que no me gusta nada. Por más que lo intenta no consigue enfriarla, no hay manera. Cualquier simple palabreja, el más mínimo soplo incendian los rescoldos. Los circuitos neuronales prenden como la pólvora y esa loca cabecita se consume en llamas de fantasías, obsesiones, ilusiones, recuerdos. Esas noches Misombra sueña despierta encogida de miedos, el sudor le resbala a chorros por las mejillas y los ojos brincan huidizos.

Tanto desvelo y tanta calentura no auguran un final feliz. Al despertar, su angelito de la guarda recuerda el frigorífico recién estrenado, la sienta en el taburete de la cocina, le acomoda con mimo la cabeza dentro del congelador. Entre el licor de guindas y el helado de frambuesa, echa una larga cabezadita.