Hay semanas que una espera detrás de la puerta abrazada a Misombra, temiendo que el vello se erice del revés y acabé perforando los capilares, que esas mariposillas en el estómago -propias, dicen, del enamorado- se lancen a recorrer mundo y se instalen en el cerebro, o que postulas sanguinolentas crezcan en manos y espalda. Sin embargo suceden presusoras, en ritmo monocorde, sin sustos; comienzan como la nieve del martes fría y compacta pero que un airecillo cálido deshace hilillos de agua.