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Emma B. El diario de una chica de provincias

desatinos

Hay semanas que una espera detrás de la puerta abrazada a Misombra, temiendo que el vello se erice del revés y acabé perforando los capilares, que esas mariposillas en el estómago -propias, dicen, del enamorado- se lancen a recorrer mundo y se instalen en el cerebro, o que postulas sanguinolentas crezcan en manos y espalda. Sin embargo suceden presusoras, en ritmo monocorde, sin sustos; comienzan como la nieve del martes fría y compacta pero que un airecillo cálido deshace hilillos de agua.

madroños

<font color=#B40404>madroños</font>


Los Puentes del Alagón

gorilas en la niebla

No sé si ha pasado fin de año o el fiestorrón del jueves fue solo un aviso, y estoy en la nueva década o todavía no he llegado ni al sorteo de Navidad. Milanzarote prohibió la celebración estudiantil pero, querido, no se pueden poner puertas al campo..., y ni los municipales, ni la niebla amilanaron a las manadas dispuestas en la plazas y calles de charricity. Entre el empacho de gominolas de la nochevieja, la resaca y la niebla estoy un tanto perdida. Miento, gracias al paseo vespertino de esta tarde de olor de invierno y aire marcial, las cataratas de luciérnagas colgantes de la Gran Vía, y los árboles forrados de lucecitas de la plaza de España, y las campanitas suspendidas sobre nuestras cabezas en las calles del centro han terminado por situarme: Navidad.

Allá en el sur, al sol, la Navidad es azulada, huele a mar y arrastra las piedras hasta la orilla, clama en un desierto de lava: Merry Christmas, y tumbada sobre la arena sacia los oídos con rumores de palmeras. Y despista, todo eso también despista mucho. Casi tanto como a Milanzarote la nochevieja de los treinta mil gorilas en la niebla dispuestos a convertir su ciudad en "el Chicago de los años veinte".

al sol

al sol






en blanco y negro: casitas blancas, ventanas azules y verdes, balcones de madera, matorrales raquíticos, arenas negras, piedras de lava, viejos cráteres, olas de invierno y esqueletos al sol.

rumbo al sol

rumbo al sol

¿blanco o negro?

Al fin he logrado sentarme delante del portátil más de una hora, sin prisas, con toda la tarde y la noche por delante. Contenta por haber atizado unas cuantas patadas a las hojas desparramadas por las aceras -pasatiempo otoñal favorito que entretiene mis idas y venidas diarias-.

El azar televisivo me alegra la tarde del sábado con Gilda. Tumbada en el sofá sin parpadear, trato de grabar en la memoria un sinfín de diálogos sin desperdicio: "La odiaba tanto que no podía quitármela del pensamiento. Estaba en el aire que respiraba, en la comida que tomaba" nos confiesa Johnny Farrell, "Te odio de tal modo que buscaría mi perdición para destruirte conmigo" le larga Gilda a Johnny bastantes minutos más tarde.

Espero impaciente que Miss Rita cante sus hits. De blanco con la barriguita al aire, el siempe nostálgico Amado mío con un bailecito sin desperdicio. De satén negro y escote palabra de honor luciendo hombros y medio brazo -eso sí, siempre con larguísima abertura para exhibir piernas de infarto-, el escandaloso
Put the blame on mame
con el streptease del guante. Esa imagen de Gilda con los brazos en cruz, lazada enorme ajustada en la cintura y guantes largos merece un lugar en "Las lágrimas de Eros" -la exposición del Thyssen que recorre los mitos eróticos basándose en el libro de Bataille-. ¡Qué sexy, por dios! Y han pasado más de sesenta añitos. Lo peor, no sé por cuál decidirme: ¿blanco o negro?


mi viernesito querido

<font color=#0b3b1b>mi viernesito querido</font>

Gente al sol. Edward Hopper.

volando voy

Pasan de las doce y media. Es viernes pero apenas circulan coches, los peatones caminan deprisa. El viento sopla con fuerza en la avenida y las hojas de las catalpas se arremolinan en el chaflán de la esquina. Parece que han abierto las puertas y el ventarrón de la llanura se cuela sin avisar. Las hojas de arces y plátanos se agitan y ondean entre las banderas de plaza de España.

Este césped raquítico y cursi de los jardines de Torres Villarroel se ha cubierto de hojas tostadas y amarillentas de los castaños de indias y las catalpas. Un ráfaga las mece, se revuelven en su lecho y caen dormidas. Otra las zarandea a un lado y otro, y varias despistadas acaban debajo de un BMW blanco. Vuelve otro airón nocturno, húmedo torbellino, una nube de catalpas corre sin mirar atrás, los cielos luminosos de las farolas las esperan. Me gusta este otoño ventoso.




Marc Chagall: Por encima de la ciudad

¿dónde habita el olvido?

Chocamos al doblar la esquina. Yo voy deprisa con paso de frío y voz encogida, revolviendo en el bolso en busca del móvil que no paraba de sonar. Él también iba deprisa con un paraguas negro tamaño familiar. Enseguida me reconoce. "Hola. Caramba, qué casualidad. ¿Qué es de tu vida? Tantos años sin vernos, ni que viviésemos en ciudades diferentes. ¿Dónde te metes? No te veo por ningún lado. No me digas que no sales. No me lo creo. Ya, ya te tenía yo ganas de pillarte...", dice también deprisa, mientras me observa sin pestañear de los zapatos a las arruguillas de la frente, hasta llegar al fondo de las entretelas. Casi ni puedo respirar después del chaparrón verbal. "Y eso que esto es pequeño..." contesto con mi mejor sonrisa de tarde de ya es jueves a pesar de la lluvia, siento los rayos gamma de sus ojazos azules que me traspasan. Ahora suena su móvil. "Perdona. Es un momento", dice. Aprovecho para largarme con un adiós en la mano. En realidad lo conozco pero no sé de qué, ni cómo, ni cuándo. No nos hemos olvidado.



"porque el tiempo duele al pasar. Si pudiera decirte que eras tú: eres tú todavía: tu rostro mirándome sin entender. Si pudiera decirte todo cuanto escondía. Yo sin dejar que mis dedos fuesen delicados y atravesasen el aire para tocar las líneas de tu rostro: la piel del rostro que te contiene. Yo, culpable. Tú, delicada, mirándome sin entender. Yo: tú. Si pudiera contarte toda la pena que escondía, y la ternura, la lástima. Si pudiera contarte que en todo: en nostros: el tiempo."

Cementerio de pianos. José Luís Peixoto.

improvisaciones


Salgo de casa, aprieto el paso y llego a la Casa de las Conchas antes de que cierre la biblioteca. En el patio, veinte figuras de gris declaman sus frases en las ajadas escaleras de piedra: "Lo esencial es invisible a los ojos", recita en un suspiro azul la joven rubia. "Morgen mit exstrperwell zussmanewl eichmerthberg", proclama el muchacho de ojillos curiosos y calcetines arco iris.

Entre el público una retahíla de jóvenes americanos observan asombrados. Subimos al primer piso, las figuras grises ejecutan su performance en lento viaje, y nosotros tras ellos como persiguiendo el deseo que se nos escapa: una mano en el aire, un hombro que vibra, una rodilla resbala, un pie suspira, la otra mano suplica, la cintura se quiebra, una espalda que vuelve, los ojos ausentes, los muslos invisibles, las cabezas inmóviles. Los flautistas les conducen y nos llevan, el baile del fin del verano. En la puerta del fondo, la mujer de pelo rojo revela: "Yo, entretanto, tejía mi gran tela en las horas del día y volvía a destejerla de noche a la luz de las hachas." y nos invita a entrar en la gran casa de piedra. Los actores esparcen el gris por la sala de lectura frente a las estanterías, encima de la mesa. La muchacha del pelo azabache canta una nana en euskera, una walkiria de ojos azul polar recita en alemán de nieve y una francesa de piel transparente musita a la luz. Papel y bolígrafos caen sobre la mesa, frases para el público. El hombre de voz del fondo de la tierra me deja un papelillo en el bolsillo: "Tu presencia en mi ausencia".Joder!, las dos y media, la pequeña donnadieu me espera en las escaleras de la "ponti" con su gran novedad.

-Menudas horas, so pelma! Al fin, dejo la metrópoli. Me voy para la costa.

Un rastro de sol se cuela entre los nubarrones, tropieza con las cúpulas de la Clerecía, rebota en la concha ausente y se desliza calle abajo. Está tan lejos la costa.

sábado noche

Medianoche. Brisa de escarcha sobre mi ’Beirut’ y el escuálido rosal de mi balcón. Me instalo en la ventana al acecho de las idas y venidas de los ratoncillos noctámbulos.

El vecino del bloque de la esquina sale a fumar al balcón. También observa ’Beirut’. Ni un alma.

Alguien sube, las planchas metálicas que guardan las trincheras rechinan a saltitos. Una adolescente que vuelve a casa.

Los ratoncillos siguen sin aparecer. Es sábado, hay fiestón en las alcantarillas. Misspiernas lleva varios días sin asomarse. La ’reina cotilla’ suspira y cierra la edición.

charribosnia

Ratas! Ahora las ratas pasean a sus anchas entre las vallas, los montículos de tierra y las llaves de paso. Estas últimas noches apacibles de otoño, las ratas surgen como suspiro de las zanjas, corren que se las pelan, corretean entre los pies y vuelven a sus guaridas de alcantarilla. Esto ya parecen Orán, o las calles de NYC en verano. Subo armando un escándalo del trece con la vana ilusión de que no asome el hocico.

charribosnia


De pie frente a la ventana con las manos apoyadas en el alfeizar de la ventana, miro la calle. Es de noche, la luna menguante parpadea entre los nubarrones. Las obras han levantado las calles de cuajo. Una carnicería, el abre y cierra zanjas de los últimos meses –ocho veces!—. Sin farolas, sin aceras, montones de barro, vallas metálicas que aislan la acera derecha de la acera izquierda, máquinas, tubos de politileno, sumideros, válvulas de paso, y el silencio. Una voz interior me dice que tiene su gracia: dos meses sin coches, ni tan siquiera el camión que recogía la basura y apenas caminantes. Los peatones evitan bajar por este campo de batalla, con sus trincheras de nunca acabar, sus tropas que lustran con calma la artillería pesada, y en el que tan sólo faltan los gemidos y blasfemias de los moribundos, de los heridos, aunque, tal vez, ya tengamos alguna baja en esta charribosnia del plan E.
La vecina del cuartel apaga la luz.
Me siento ante el ordenador con el propósito de escribir una carta. Mis dedos me traicionan: “Toda una vida para abrir una zanja”, parpadea en la pantalla.

la siesta

<font color=#ff0000>la siesta</font>

Ciel mes pantoufles!

espías y barajas nocturnas

A las 2:03 no podía seguir leyendo las aventuras del retorcido personaje de Auster en el lejano oeste. Cerré el libro, apagué la luz y eché el cierre.

Despierto sudorosa y dispuesta a madrugar, a dejar en la almohada el tropel de sueños de esta noche, tercos olvidados. Miro el reloj, tan sólo ha pasado una hora, son las 3:14 , todavía queda sitio para unos cuántos sueñecitos. Silencio. La luz de la farola me deja ver la silueta de la mujer del cuadro de Hooper. Lee al borde de la cama en una habitación de hotel. Sola. Recuerdo el anuncio en la web no sé qué: "Espía a tu vecinita sin que te vea. Ningún muro podrá frenar tus fantasías. Convierte tu móvil en una cámara espía." Tal vez los vecinos de enfrente se lo están pasando como enanos viéndome dar una vuelta, otra, otra más, decúbito supino, de lado. Me levanto medio mareada y por ver si hay moros en la costa. Nada, los vecinos cerrados a cal y canto tras las persianas. Sin resquicios de luz entre las rendijas. Ni un alma. Los obreros han abierto de nuevo la zanja de la obra de mi calle inexistente, y van... seis. Misspiernas duerme sin bajar la persiana como yo. Tampoco hay luz. Con cámara de andar por casa y espiando desde la terraza familiar un
abuelito
se hace famoso con la obra de El Corte Inglés.

Es lo que tiene la noche, la toma una con algo y se alarga ad infinitum, por lo menos hasta que agarra las neuronas por los cuernos y decide poner orden en el gallinero. Recurro a Cortázar. Abro Octaedro al azar en busca de alguna señal: "Más tarde -la noche giraba despaciosa con su cielo hirviente de estrellas-, otras barajas se mezclaron en el interminable solitario del insomnio. La mañana traería las llamadas telefónicas, los diarios, el escándalo..."

Clarea por el este. Lejos, muy lejos. Recordar el concierto de Ara Malikian de anoche todavía me estremece. Son las 7:55, una jauría de pájaros ha comenzado a gorjear.

el rastro

A la una, el sol caldeaba con salero el aire madrugador. En el rastro, los puestos reventaban de mirones y taimados, sobre todo los de bolsos y camisas de falsos Prada, Gucci o Ralph Lauren, poco interés por las plantas y nada por la quincallería del fondo.

Mi puesto favorito es uno de ropa de segunda mano, especializado en chaquetas, pantalones y abrigos de piel. Me encanta ponerme esas chaquetas usadas por quién sabe en algún lugar del mundo, gastadas de tiempo, con alguna rozadura, cicatriz de un descuido al apoyarse en la balaustrada del Pont Neuf o con huellas de carmín recuerdo de un amor perdido. En esos instantes me siento arropada por el calor de unos extraños, una nueva piel con memoria me protege. Casi, casi puedo oler los perfumes de sus dueños. En abril, un chaquetón de piel con bordados de colores escondía en su cuello de cordero melenudo un ligero aroma a lavanda y patchouli, quizás recuerdo de sus días en Woodstock. Esta mañana había varios gorros de visón marrón muy de la bella Lara y un precioso casquete de astracán marrón con mini visera al estilo de las chicas Courréges de los sesenta. Made in France. Huele a restos de champán y madera. Ya no puedo seguir sin él a pesar de su forro maltrecho. Sé que sus dueñas me protegerán en las noches de destierro helado y mantendrán mi cabeza fría y el corazón caliente.