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Emma B. El diario de una chica de provincias

carta a los reyes magos

Ya he limpiado mis zapatos. Me ha costado toda la tarde que queden lustrosos, como nuevos. He colocado unos chupitos de scotch, unas sobras de torta para los golosos de oriente y un balde de agua para los camellos. Es mi táctica de camelo para conseguir sus favores. El año pasado, ni caso, no me dejaron ni carbones. Así que un año más repito mi cartita, queridos Reyes Magos, aunque creo que necesita ciertos retoques. Para este año en ocho, rebosante de curvas sinuosas, más que “amores piadores” me inclino por los amores con garras de lobo y piel de cordero, algo así como apasionados corderitos mimosos, en plan ovejita lucera con alma de tigre. Añadiría a la lista una piedra filosofal para cultivar esta cabecita despistada y una colonia que ahuyente a los cenizos, ¡ah! y un angelito aparcacoches que me libre de dar vueltas como una peonza por charricity.

una navidad de Tomeo a la Bruni

Estas son unas navidades tomeístas, para ser exacta ha sido un año tomeísta, me he dedicado al señor Tomeo en cuerpo y alma. Todo comenzó en invierno con “El cantante de boleros” que me cautivó por su lenguaje trasnochado y ternura, luego fue “La noche del lobo” que me recordó al teatro del absurdo de “Esperando a Godot”, en ella dos hombres inmovilizados por una caída están condenados a conversar en su soledad , una fría noche de niebla al borde de un camino, y para rematar he engullido entre mazapán y polvorón “El crimen del cine Oriente” con un picante regusto a melodrama de arrabal cañí y “El castillo de la carta cifrada” de empaque más complejo y tintes kafkianos: “Alrededor del amor acechan siempre monstruos de sangre fría”. Me gustan sus textos cargados de ironía y poesía, su punto divertido, esa sensación de siempre hay algo más allá de la historia evidente. Vista desde fuera, sin lugar a dudas, ésta es la Navidad del señor Sarkozy y su enamoradita la señorita Bruni, de voz melosa y longa cabellera, a lo Francoise Hardy o Jane Birkin —que seguro le ponían al presi ya en sus años juveniles—, que cantaba aquello de: “Tu es l’envie, e moi le geste, t’oi le citron, et moi le zeste... t’es le moustache de mon Trosky,...., Toi la putain, et moi la passe..., T’es tous les éclats de mon rire, .. T’es le jamais de mon toujours. T’es mon amour, t’es mon amour...”.



feliz año, niños queridos!

año nuevo, vida nueva...

la tostadora

Es ligera y manejable, bien proporcionada, con suaves curvas. Tiene diseño de los felices cincuenta, toda ella de color azul cielito lindo. Es la tostadora de Espe, el regalo navideño del PP de Madrid. Ya la tiene Gallardín, Acebes, y los altos gerifaltes del PP y, por supuesto, Mariano Rajoy. ¿La tendrá mi Lanzarote? Espe, querida, la necesita con urgencia. A este hombre le hace buena falta desayunarse a golpe de logo del PP, con gaviota y todo, grabado a fuego en las tostadas para recordarle aquello de: ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?, dejar de ser el hombre díscolo del partido y dar marcha atrás en el subidón de los impuestos porque ese paripé de rebajar un chisco el billete del autobús suena a poco. Aunque, la verdad, creo que mi Lanzarote necesita algo más que un empacho de tostadas a la gaviota para dar su brazo a torcer.
Es tan mona y alegre..., ¡quiero una! Ya he colocado mi mejor calcetín de ganchillo blanco en la chimenea para que Papa Noel no olvide regalarme la preciosa tostadora.

las heladas

Los pensamientos han llegado a mi balcón. Se han instalado en cuatro tiestos descoloridos, han acicalados sus pétalos y estirado las hojas pequeñas. Resisten sin una arruga estas madrugadas de diez bajo cero. Al mediodía, sus flores azules y amarillas giran despacio, muy despacio como girasoles perezosos estrujando el último rayo de sol invernal.

¿qué tiene este día?

Hay días en que amanece soleado, el aire está helado por fuera y adormecido por dentro. En un abrir y cerrar de ojos llega la tarde, y en un rincón del Fonseca un hombre alto, de ojos pequeños y gafas de concha nos trae un soplo de felicidad al recordarnos la ironía de Borges, el humor de escarnio de Quevedo, al Cortázar que no dejaba de crecer, y las palabras de Valle-Inclán: “la risa y las lágrimas son los caminos de Dios. Esa es mi estética, y la de usted”. Alfredo Bryce Echenique:

"Mi literatura nace de un empacho de asombro. El escritor es un ser sorprendido"

paseo de domingo

Mi Lanzarote lleva una temporadita en boca de todos entre los últimos affaires urbanísticos y el subidón tributario, con manifestación domingo sí y domingo no; ha comenzado la legislatura en su más puro estilo con tronío y el bigote por delante, ni atiende a las razones de Mariano — que se propone hacernos llegar a fin de mes como sea, aunque en charri city lo va a tener crudo—. De nada le ha servido el folletín “Mejorando Salamanca con el esfuerzo de todos” y la misiva tan explicativa que el señor Teniente Alcalde nos ha remitido a todos los contribuyentes, en la que nos pide un “pequeño esfuerzo adicional para continuar mejorando Salamanca” y se despide con un “Esperando contar con tu compresión” que parece no haber cuajado entre el vecindario, vista la tropa que el domingo llenó la plaza mayor. Con otra cartita y otro domingo de descanso llegamos a los sesenta mil charros en pie.

el viaje

El viento sacude las hojas amarillas de los castaños en Puebla de Sanabria. La niebla se encoge tras los cristales del autobús, una radio grita adentro. Los pinos reverdecen la luz del atardecer. Una chica de ojos pequeños y voz perfumada no deja de hablar por el teléfono móvil. Los viajeros dormitan sin hablarse. La luna despierta la noche, el olor del mar del Oeste atraviesa los cristales.
El viaje.

“Solamente silencio a lo largo del camino. El cuerpo de un chico en el suelo. Un hombre arrodillado. Hasta las últimas luces del día”.
Seda. Alessandro Baricco.

la canción del día


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I’ll be seeing you
Text/Musik: Sammy Fain, Irving Kahal

I’ll be seeing you
in all the old familiar places
that this heart of mine embraces
all day through

in the small café
the park across the way
the children’s carousel
the chestnut trees
the wishing well

I’ll be seeing you
in every lovely summer’s day
in everything that’s light and gay
I’ll always think of you that way

I’ll find you in the morning sun
and when the night is new
I’ll be looking at the moon
but I’ll be seeing you

I’ll be seeing you
in all the old familiar places
that this heart of mine embraces
all day through

in the small café
the park across the way
the children’s carousel
the chestnut tree
the wishing well

I’ll be seeing you
in every lovely summer’s day
in everything that’s light and gay
I’ll always think of you that way

I’ll find you in the morning sun
and when the night is new
I’ll be looking at the moon
but I’ll be seeing you

in that small café
the park across the way
the children’s carousel
the chestnut tree
the wishing well

I’ll be seeing you
in every lovely summer’s day
in everything that’s light and gay
I’ll always think of you that way

I’ll find you in the morning sun
and when the night is new
I’ll be looking at the moon
but I’ll be seeing you.


Cantan: Francoise Hardy + Iggy Pop

otoño

Hay quien dice que fue algo que Misombra cogió dónde los moros de tanto viaje y tanto desacarreo. No sé..., no creo, más bien parece algo de otoño. Desde luego, de tanto aplacar la furia entre escarchas no podía salir nada bueno. Los sueños de frío le atemperaron la cabeza sí; el pelo recuperó formas onduladas, pero su piel conservaba la palidez desnuda de los durmientes y un ambiente blanquecino y destemplado se adueñó de toda la casa.

“La vida discurría en voz baja, se movía con lentitud astuta”, nada interrumpía el diario ir y venir de Misombra —en silencio, siempre en silencio—, ni las controversias informativas de una cumbre transoceánica, ni los males de amores de una infanta borbónica, ni los gritos y soflamas contra la subida de las tasas programada por mi Lanzarote, que nos quiere con telarañas en los bolsillos. “El mundo parecía estar a siglos de distancia”, lejos de las calles mojadas, de los montones de hojas amarillas esparcidas por los jardines, de las gotas de lluvia que daban un lustre hiriente a sus manos. “Había quien decía: Tiene algo dentro, una suerte de infelicidad”.


Los entrecomillados: frases dispersas de Seda, Alessandro Baricco.

azar

Estas últimas semanas Misombra camina a trompicones, malvive con la cabeza caliente. Tan caliente que a su lado todo huele a quemado, y su pelo toma día a día un color ceniza que no me gusta nada. Por más que lo intenta no consigue enfriarla, no hay manera. Cualquier simple palabreja, el más mínimo soplo incendian los rescoldos. Los circuitos neuronales prenden como la pólvora y esa loca cabecita se consume en llamas de fantasías, obsesiones, ilusiones, recuerdos. Esas noches Misombra sueña despierta encogida de miedos, el sudor le resbala a chorros por las mejillas y los ojos brincan huidizos.

Tanto desvelo y tanta calentura no auguran un final feliz. Al despertar, su angelito de la guarda recuerda el frigorífico recién estrenado, la sienta en el taburete de la cocina, le acomoda con mimo la cabeza dentro del congelador. Entre el licor de guindas y el helado de frambuesa, echa una larga cabezadita.

los sueños de Helena

Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:

- Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.

Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía el sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

El libro de los abrazos. Eduardo Galeano.

incentivos

Caldera incentiva la jubilación a los setenta años con un sistema de porcentajes digno de la semana fantástica de El Corte Inglés. Ministro, por dios, si lo que deseamos en este país es un sistema de jubilaciones como los empleados públicos de RTVE: a los 55 y con el 100% del sueldo.

nadie, nadie

¡Jesús, qué desilusión! Qué poco éxito ha tenido la pregunta del martes. Estoy rodeada de navegantes bien intencionados. Nadie tiene un vecino, un pariente, un jefe, un ex... al que pasar por las garras de la motosierra.

publicidad

Me han bastado dos tragos de zumo de naranja de un lunes profesional para despachar toda mi correspondencia aplastada por el peso de los folletos publicitarios: dos cartas del banco que se empeña en ser mi banco, y me encoge el corazón con esos números tozudos que se descuelgan de mi cuenta corriente.
Sin embargo, he necesitado los desayunos de toda la semana para digerir los folletos que atiborraban el buzón. Entre vuelta y vuelta de mantequilla me cuelo en la semana del ahorro de las grandes superficies que lo mismo me ofrecen un cordero a cuartos a precio de entrada de cine que una tele super LCD mega pantalla a 899 € o una motito para mis andanzas por charricity al módico precio de 2290 leandras. Aunque para varietés de cabaret nada como el folleto de LIDL que me tienta con unas preciosas hachas con mango de madera hickory para atizarle en la yugular a mi jefe, unas lechugas iceberg tipo repollo de tono agua marina para mis jornadas de coneja hambrienta, o una moto sierra clásica para ejercer de oficiante en la matanza de Texas y convertir el pisito en la casa de los horrores. ¿Por quién empiezo?

bienvenida

A medianoche como la cenicienta pero sin carroza y sin zapatitos de cristal, más bien arrastrada por mis maletas, arribo al dulce hogar quince horas después de salir de la bulliciosa Sousse.

El buzón “a rebosᔠcomo los forladys de la canción de Martirio, ¡qué alegría! ¿Alguna postal desde el Tibet de estos novios que bajan a por tabaco y no vuelven? En la primera ojeada en el ascensor la desilusión se implanta en la pata de gallo del ojo derecho, mucha publicidad y ninguna postal, ni el viajante se ha dignado a escribir.

Abro la puerta, y antes de que pueda encender la luz escucho a misombra que corre a gritos por el pasillo

—¿Qué me has traído? —Será egoísta tanto tiempo sin verme, campando a sus anchas, y ni un hola de bienvenida.

—¿Y a mí, a mí qué...? —Me chilla al oído la araña que se ha descolgado veloz desde su telita del rincón.

Suelto la maleta, me quedo muda con cara de Stalin momificado observando como misombra abre nerviosa la bolsa de los regalos, la araña palmotea feliz mientras sube y baja por el hilo plateado y a dúo me cantan: "¡Qué será, será...!"

Misombra está tan encantada con la chilaba roja que carga con todos mis bártulos hasta la habitación, y la araña se ha subido al dátil dispuesta a tragárselo de una sentada. Hogar, dulce hogar.


espejismos

“En los pueblos fronterizos miran el paso de los trenes, las rutas desiertas de Tozeur”, dice Battiato en su canción. Cerca de la frontera con Argelia y de las estribaciones del Atlas, pedregosas, resecas , asfixiantes, duras, la vieja Thusurus romana respira aliviada gracias al gran oasis de mil hectáreas y doscientas mil palmeras que dan sombra y humedad a las granadas, jazmines, tomates o plataneras que crecen entre palmera y palmera.

Ya no volveremos a encontrar otra colina verde hasta Douz. En medio el gran eufemismo del lago salado: Chott el Jerid, en el que casi toda el agua se ha evaporado después de un largo y cálido verano. Un desierto salino en esta época otoñal, tan sólo quedan algunas charcas de múltiples colores: rosas, azules, rojas o grises, según la densidad y composición del agua; charcas de bordes blanquecinos o grises en esta vasta y estéril estepa de un blanco nevado que choca con el calor sofocante del ambiente. Aquí no hay el frío helador de la tundra rusa deslumbrante bajo el sol; aquí la llanura es de un blanco nieve, con reflejos violáceos o plateados, la luz cegadora del sol de la tarde se refleja en demasiados cristales del sal, un viento húmedo y denso, cargado de polvo del desierto ahoga la garganta, la neblina en el horizonte difumina el abismo entre el cielo y la tierra. Las gaviotas apiñadas sobre los acantilados escuchan el batir de las olas. A los lejos, los espejismos.
Este inmenso desierto helado es el paisaje de la música de mi admirado Anouar Brahem, el tunecino de laúd sereno y cálido. Después de esta travesía por los territorios que poseen la belleza de lo sencillo, a unas decenas de kilómetros, Douz, la puerta del Sahara. A un lado otro enorme oasis de palmeras “Deglat Nur” —dedos de luz—, las que producen los mejores dátiles del mundo; al otro lado de la ciudad las primeras y raquíticas dunas del Sahara, arena pulverizada, otro de los paisajes del tunecino.

cartago

Es necesaria una buena dosis de imaginación para reconocer en todos esos restos trasquilados, limados por el sol y rayados por el viento, a la ciudad de astutos comerciantes y emprendedores navegantes que llegó a contar con 400.000 habitantes, en sus momentos de máximo esplendor, y que mantuvo en jaque a Roma durante una buena temporadita.
La estación de Cartago-Salambó nos deja cerca de los puertos púnicos. Camino del puerto comercial nos encontramos con la huella del Tophet, el santuario de la diosa Tanit de la que la bella Salammbó —la hija de Amílcar Barca que en la novela de Flaubert enamora a Matho, el general libio que se atrevió a robar el velo de la diosa — era sacerdotisa.

“El palacio se iluminó de pronto en la terraza más alta, la puerta del medio se abrió y una mujer, la misma hija de Amílcar, cubierta de ropas negras, apareció en el umbral... Su cabellera, empolvada con una arena violeta y recogida en forma de torres según la moda de las vírgenes cananeas, la hacía parecer más alta. Trenzas de perlas atadas a las sienes le descendían hasta los extremos de la boca, rosa como una granada entreabierta. Lucía en el pecho un juego de piedras preciosa, que imitaban, por su abigarramiento, las escamas de una morena. Los brazos adornados con diamantes, le salían desnudos de la túnica sin mangas, estrellada con flores rojas sobre un fondo completamente negro. Llevaba entre los tobillos una cadenilla de oro para regularle los andares y su gran capa de púrpura oscuro, cortada de un tejido desconocido, arrastraba detrás de ella, formando a cada paso una gran ola que la seguía.”

“Salammbó estaba invadida por una flaqueza en la que perdía toda conciencia de sí misma. Algo a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses, la forzaba a abandonarse a ella, unas nubes la levantaba y, desfalleciendo, se echó sobre la cama en la melena de león. Matho le agarró los talones, la cadenita de oro se partió y los dos extremos, al volar golpearon la tela como dos víboras que rebotaban. El zaimph cayó, la envolvía; vislumbró el rostro de Matho que se le inclinaba sobre el pecho.
—¡Moloch, me estás quemando!
Y los besos del soldado, más devoradores que las llamas, la recorrían; se sentía como arrastrada en un huracán, prendida por la fuerza del sol.”

Salammbó. Gustave Flaubert.

las invasiones bárbaras

las invasiones bárbaras


"En la mañana del último día de octubre desembarcamos en Túnez.
.../...en aquel país nuevo, nada me atraía fuera de Cartago y algunas ruinas romanas: Timgat, de las cuales me había hablado Octavio, los mosaicos de Susa, y sobre todo el anfiteatro de El Djem, al cual, me proponía acudir sin tardanza. Era preciso llegar en primer término a Susa, y de allí seguir en el coche del correo;
...La diligencia de Sfax sale de Susa a las ocho de la noche, y atraviesa El Djem a la una de la mañana.
.../... Arribamos a El Djem, y no había albergue; en su lugar un horrible bordj. ¿Qué hacer? La diligencia reanudaba su viaje. El poblado estaba dormido; en la noche que parecía inmensa se entreveía vagamente la masa lúgubre de las ruinas; aullaban los perros.
.../... Recorrido en unos instantes, el anfiteatro me decepcionó; incluso me parecía feo bajo ese cielo opaco. Tal vez mi cansancio ayudaba, hacía crecer mi hastío. A mitad del día volvía a él, por falta de otra cosa, buscando en vano alguna inscripción en las piedras.”
El inmoralista. André Gide.

sousse

sousse

El balcón de mi terraza es blanco, opaco, rugoso. En el jardín, al borde de la playa, un ciruelo. La tapia es blanca, las terrazas son blancas. El sol acaba de salir por la esquina del golfo. El mar todavía duerme, azulado, en acompasados suspiros. Suena lejana la plegaria desde el minarete de la mezquita de piedra dorada. Las palmeras aplauden. ¿Y las gaviotas? ¿Dónde están las gaviotas?