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Emma B. El diario de una chica de provincias

llanuras de acero

Era un día pálido, azulado y nervioso. Todavía las diez, la maleta medio vacía y la tercera llamada de la mañana volvía a sonar. Camisas de lino, pantalones de algodón, el salacot y el rifle, las gafas de sol, mi sombrerito de paja, el abanico y la brújula. ¡Ah! imprescindible, la bolsa repleta de monedas si uno viaja al país de los hábiles mercaderes con un zoco en cada aldea.

La tecnología se rebeló en Barajas, y el personal de tierra afiló el lápiz y se ajustó los manguitos antes de comenzar el embarque a mano como treinta años atrás. Con un retraso de horas y un cielo agujereado, la bolsita de dátiles regalo de Tunis Air fue la primera miel del viaje. El viento cálido y salado del mediterráneo retorcía las hojas de las palmeras, mi piel respiraba bajo las estrellas.

“Los árabes comparan a Túnez con un albornoz desplegado, y esta comparación es exacta. La ciudad se extiende en la llanura, ligeramente levantada por las ondulaciones de la tierra, que hacen sobresalir por espacios los bordes de esta gran mancha de casas pálidas de donde surgen las cúpulas de las mezquitas y los campanarios de los minaretes. Apenas si se distingue, apenas si se imagina uno que aquello sean casas, tan compacta, continua y rampante es aquella placa blanca. En torno de ella hay tres lagos que, bajo el durísimo sol de Oriente, brillan como llanuras de acero. Al Norte, a lo lejos, la Sebkra-er-Bouan; al Oeste la Sebkra-Seldjoum, vista por encima de la ciudad; al Sur, el gran lago Bahjira o lago de Túnez; luego, subiendo hasta el Norte, la mar, el golfo profundo, semejante a un lago en su lejano marco de montañas.”

Túnez – Guy de Maupassant

Siglo y medio después, Túnez asombra no por sus casas pálidas sino por las manadas humeantes de coches y por el enjambre de antenas parabólicas que abarrotan las terrazas y cuelgan de sus balcones. De los acerados lagos que la rodeaban ni rastro.

otoño

El granizo repiqueteaba en las aceras resecas. La lluvia y el viento con sacudidas de otoño han dejado las aceras cubiertas de las hojas verdes de los castaños de indias. Millares de hojas cuarteadas y estrujadas amortiguan los andares presurosos de los que caminan dispuestos a no llegar tarde.

Ahora que las noches son frescas, muy frescas, el ruido de los pasos suena puntiagudo, amarillo limón como los gritos de las ratas acorraladas. En las calurosas noches de verano apenas puede escucharse, suena lejano y cansado, olvidado. Cualquier sonido lo oculta: el sstsstss ondulado de las cortinas de gasa roja revueltas por la brisa madrugadora, el rssrssr de la nevera mal cerrada, el trasclactras de la puerta del vecino que acaba de llegar.

tormenta

Esta tarde el cielo se ha vuelto gris, cuánto más gris, más abrasador. Me he sentado en el balcón a esperar, con el estómago encogido y la cabeza saturada de latidos quisquillosos. Un estornino de alas dulces se estrella contra el cristal de la ventana de enfrente; el primer trueno de la tormenta oculta el gemido del golpe; desnucado, se estampa sobre la acera. Los relámpagos tersan mi estómago, el olor a tierra mojada apaga el hervor neuronal. La lluvia lava los dedos de mis manos. El día se descuelga por el canalón de la fachada.

noche cerrada

La madrugada era inquieta y delgada, a las siete menos cinco tocan a misa en la iglesia de María Mediadora. Los estorninos despiertan libertinos, revueltos en sus refugios improvisados en los árboles del paseo y en las antenas de Telefónica. Por las aceras mojadas y vacías ni un alma acude a la llamada eclesiástica, ni un paso resuena en la calle de La Esperanza.

A las siete y veinte una sirena ulula impaciente en la calle sin semáforos. Ahora los estorninos pían excitados y temerosos, gritan alocados desde sus guaridas nocturnas, despiertan a madrugadores y remolones. La mujer cereza revuelve el café y toma aliento en su cocina de azulejos salmón, otra vuelta más a la cucharilla. “¿Será un centauro, la diosa Merytseguer o una sirena?”. Sin embargo no logra imaginar el embrión híbrido creado de una célula humana y un óvulo animal.

En el atardecer caluroso, entre cantos de sirenas, semáforos en rojo, pasos agitados y el sonido de los cauchos contra el asfalto recalentado, los trinos de los estorninos saben a madrugada.

en provincias

Es lo bueno del TALGO; pude leerme de una sentada el librito del señor Umbral. Allí en mi asiento de ventana plana, con los auriculares a modo de barrera aislante, con la mirada ausente clavada en el secarral zamorano, en las montañas verde azuladas de eucaliptos, o con vistas al volvía a sentir el tacto áspero del uniforme colegial. A lomos de los chirridos acerados de las ruedas del tren viajaba en ruta serpenteante hacia los olores de aquella época de “tedio y plateresco”: el olor del pupitre con tapa de formica, de la goma Milán de nata, de las manchas de tinta china en la madera, del pegamento y las carpetas de plástico.

“Del fondo del pupitre te viene todavía el aroma de la infancia, el olor del pecado... No eres sino, quizá, el desarrollo y la propagación de todo lo que contenía, revuelto, el fondo de tu pupitre. Llevas en el alma, llevas por alma un fondo de pupitre escolar con libros prohibidos, películas prohibidas y nombres prohibidos. ... y ahora, naturalmente vives en la pura transgresión, vives la transgresión... “

“Qué llama blanca cuando todavía conservabas el cristal puro, cuando tornabas a tu reclinatorio con la cabeza baja, las mejillas encendidas, las manos juntas, los pies torpes, los ojos cerrados y el corazón fuera de sitio. Pero la noche, oye, la noches te trabajaban, la luna era la sutil visitadora de tus desvelos, y lo que ganabas de día lo perdías en el sueño o en la vigilia. Ibas para santa, para mártir, para virgen para beata o abadesa, pero estaban las noches.” Carta abierta a una chica progre. Francisco Umbral.

viaje

Otra vez con la maletilla a cuestas, no con “el maletilla” ¡ojo!, sino otro pelo me luciría, más enamoriscado, al menos. Aparte del pantalón, un miniparaguas, jersey, muda y neceser, no olvidar el libro “Carta abierta a una chica progre”, del señor Umbral, por esto del homenaje póstumo –aunque no pertenezco al club de fans—, porque no he vuelto a leerlo, y porque fue mi favorito en los años de tedio y plateresco.

“Te miro en tu provincia de tedio y plateresco, aquel itinerario entre el colegio de monjas y el cine de los sábados, paseos con el primer novio entre los álamos del río, y el beso que te dio, o su mano en tu pecho, cuando la naturaleza toda, el universo, el puente romano y los ojos del agua miraban tu pecado original”. Francisco Umbral. Carta abierta a una chica progre.

y mordiscos

¡Estoy que muerdo! La tengo todo el día pegada a mi trasero, sin tregua ni para comer. Cansina y gritona a más no poder: perezosa, dejada, vaga..., y lo último: atorrante –¿habrá ido al concierto del dúo Sabina/Serrat?—.

Hoy se la he jugado: no he comido en casa y luego sesión de cine en un intento de que “La suerte de Emma” me roce, aunque sea de refilón y me pase una pizquita de buena estrella. Pero no..., no es mi día. La suerte de mi tocaya es como el destino: paradójica, sí el azar le proporciona el amor pero... . Ya se sabe: Dura poco la alegría en casa del pobre, y mi Emma acaba triste cuidando sus cerditos en la granja de Pin y Pon, pero contenta –otra vez la paradoja—, lo siento no quiero desvelar el final. Es una estupenda película alemana, dramática pero sin sensiblerías —me gustan los dramones alemanes de esta última época—, con la muerte en los talones, la soledad en el blanco de los ojos y el humor en el sillín de la motocicleta.

Cuando abro la puerta Misombra se abalanza y me sacude rabiosa con el palo de la fregona. “¿Dónde has estado todo el día zángana?”. Escurro el bulto y me encierro en el baño. Apago la luz hasta mañana.

estupor

estupor

Esta madrugada un temblor de ráfaga sacude mi cama. Me despierto y el móvil tiembla excitado a los pies de mi cama, las pequeñas garitas de escayola blanca me saludan con titubeos. Cuatro pardales resguardados en el alfeizar de la ventana piaban desconsolados temerosos de la noche cerrada. “Otro terremoto, esta vez más cerca. La tierra se agita”, pienso sin mucho interés, con las legañas pegadas a los ojos. Media vuelta, estiro el camisón, y me agarró al osito dormilón. Tres segundos más tarde una nueva sacudida más fuerte estremece mis hombros y una voz afilada me grita al oído:

—Buenos días perezosa. Que estás hecha un gandul. Pero que te crees... ¡Zángana!..., más de quince días sin pegar palo al agua, sin escribir ni una frase, ni una cita en la agenda. ¿Pero qué te has creído, niña!

Misombra ha saltado del altillo del armario y me arrea capirotazos sin compasión. “Por favor déjame dormir, todavía es noche. Es muy temprano, ni tan siquiera tengo los dedos puestos”. Balbuceo con desidia.

—¡Pendón! Todo el día entre parientes, novios, tumbona, amigos, comidas, libros... Menuda vaga. Hasta aquí hemos llegado.

¡Qué hace otra vez aquí! Por dios que se marche no soporto su olor a cerrado y ese griterío de loca desenjaulada.

topogigio



Mi amiga Luchi se ha salvado por los pelos; apenas dos centímetros a la izquierda y uno de los topillos aterriza en su escote. Es lo malo del oficio de quitagrapas funcionaral, uno está expuesto a las iras del público sin chaleco antibalas, ni casco. Ha sido tal su shock que lejos de cabrearse con los agricultores protestones que fueron a darle la mañanita al señor de Vega en su Delegación, ha caído de bruces en una especie de síndrome de Estocolmo que los defiende a capa y espada.

—Imagínate miles, que digo millones de topillos a carreras por las calles de tu pueblo, comiéndote los gladiolos, asomando entre las tiras de las sandalias... Yo no podría vivir. Así están los pobres por Las Villas... Y en Peñaranda no se puede ir a la piscina, al menor descuido te suben por el muslamen.

Una que volvía de la limpita Ámsterdam, no estaba para guarradas. No lograba imaginar manadas de roedores retozando en los parques, tomando la fresca o pasando la tarde en la piscina. Con el nervio aguijoneado pensando en el concierto del amigo Brian Ferry unas horas más tarde, los roedores me parecían de otro mundo, de un mundo medieval temeroso de la peste.

En el escenario del nuevecito centro cultural Miguel Delibes, puntual como un inglés y hecho un dandy apareció Mr. Ferry —tan sexy con su ojo medio caído y piernas de vértigo— acompañado por ocho músicos de todas las edades y dos chicas en los coros. Hora y media de concierto en la que nos transportó a los años de Roxy Music con su famoso Avalon, y aún más atrás con las versiones de Knockin’ on heaven’s door o The times they are a changin’ del gran Dylan, a sus canciones melodiosas como More than this, a las más cañeras como Let’s stick together, para una vez que comenzó el baile de su público madurito y entregado cantar aquello de Don’t stop the dance, y ya pudimos dejar de bailar en escaleras y butacas. Solo una ausencia su versión de Falling in love again.

Al volver del concierto, aún con la miel en los labios, a cada poco un topillo solitario y audaz cruzaba como una bala la autovía de Castilla. ¡Son ellos ya están aquí! Los primeros avezados explorando nuevos territorios que esquilmar; directos a mis bulbos de tulipanes, o peor a mis canillas.

un final inesperado


En Amsterdam uno consigue sobrevivir a duras penas a las bandadas de bicicletas pero es imposible sustraerse a la mirada de Vincent en su museo de la Paulus Potterstraat. Sus variopintos autorretratos: con o sin sombrero, con la barba más corta o larga, rubia o rojiza; siempre esa mirada turbadora, inquieta, voraz y obsesiva. Una mirada que se clava y traspasa, huella de esa obsesión que le consumió durante los diez años que Van Gogh dedicó a la pintura, y que le llevó a pintar miles de cuadros, entre pinturas, dibujos y acuarelas; más de doscientos se conservan en el museo de Amsterdam.

Nunca había visto sus cuadros, tan sólo reproducciones en tarjetas o libros. Su fuerza me ha dejado atontada, golpeada, como si un boxeador me hubiese noqueado después de un largo combate de más de dos horas y trece asaltos. He descubierto sus delicados paisajes de inspiración japonesa. Sus amarillos veloces y radiantes, en su barba, en los girasoles, en la casa amarilla, en el campo de trigo, recuerdan el suspirar de fuego que diría Machado, contrastan con el azul profundo y candente de sus cielos y el negro amenazante de los cuervos en el Campo de trigo con cuervos, que transmite la lejana cercanía de la muerte –tal vez la suya, fue pintado el año de su suicidio: 1890-.

La sorpresa de Ámsterdam no fueron sus canales, ni los coffe shops, ni el mercado de las flores, ni su millones de pilotes ocultos entre el fango que sostienen sus centenarios edificios; mi gran sorpresa fue Los comedores de patatas, ese tenebroso cuadro de Van Gogh, desconocido para mí, que recuerda a las pinturas negras de Goya. Sus gestos sombríos, afilados, sus ojos saltones demasiado abiertos que parecen salirse del cuadro y atraparnos en su vida miserable. Comedores de patatas entre las sombras de la noche, devoradores hambrientos como los topillos que, cual plaga bíblica, roen insaciables los campos de patatas de la vieja Castilla.


¡oh, esto parece el paraíso!

¡oh, esto parece el paraíso!


“Bernarda le abrió entonces sus entrañas para que él se viera dentro a la luz del día”.
Gabriel García Márquez.

¡oh, esto parece el paraíso!

¡oh, esto parece el paraíso!


Hoog Straat. Rotterdam.

"Su modo de ser era tan sigiloso que parecía una criatura invisible".
Gabriel García Márquez.

¡oh, esto parece el paraíso!

¡oh, esto parece el paraíso!

Avenue Victoria Regina. Bruselas.



"Había conocido muchas mujeres cuyas negativas eran transparentes".

John Cheever

vacaciones

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Fuente vuelta y vuelta.

vacaciones

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Vuelvo en 5 minutos...


verano

Era una mañana de nubes. Y era coqueta, el sol engatusaba con posturas y remilgos, con guiños de escondite. Un airón espigado de gestos charlatanes bajaba del oeste para después escurrir el bulto. Casi me engaña con palabrería de vieja y aires de princesa.
A eso de la una miro el calendario: 20 de junio, verano. Astillas de nortada agujerean mis pies y avivan el hambre. Es mediodía, el sol no calienta.

otra semanita

Hay semanas que pasan volando. Otras semanas los días caen a cuenta gotas.

Las contorsiones límpidas y precisas de los chicos de Olga Pona, parejas de bailarines que no se miran a los ojos cuando bailan “ya no estás más a mi lado corazón, en el alma sólo tengo soledad...”

Algunos días una se levanta a traspiés, el zumo de naranja está helado, el cuello tiene un nudo de acero y las cartas son noticias de transacciones bancarias.

Era un viernes húmedo, podía haber sido un viernes cualquiera, sin embargo terminó como un Jueves tierno (Tendre jeudi) gracias al estupendo espectáculo de Sentimental Bourreau, que en su adaptación de la obra de John Steinbeck mezclan la música, el texto y el cine. Una historia de individuos al margen del sistema, de soledad, de búsqueda de la ternura y necesidad de solidaridad de las que te reconcilian con el género humano.

resumiendo

La compañía islandesa Vesturport Theatre inauguró el III Festival Internacional de las Artes con su particular versión mojada de Woyzeck, con música del ínclito Nick Cave, coreografía a lo Elvis Presley, acrobacias, y convulsiones bajo el agua del gran acuario instalado en el escenario del CAEM para contarnos una historia de celos y traición con violencia doméstica incluida, como la vida misma. El romántico Georg Büchner —precursor del expresionismo alemán, admirado por Kafka— escribió su inacabado Woyzeck a los 24 años, poco antes de morir en 1836.

“El arte es lo único que justifica la existencia humana”, Peter Stein.

Los Rinocerose nos sacuden las legañas y las vísceras en la plaza Mayor.

“Vendo riñón, pido 10.000 dólares y no tengo vicios”.

“El toro te mira y te hace sentir felicidad, miedo, incertidumbre, grandeza y respeto por encima de todo”, Sebastián Castella.

En el Liceo, las chicas de Batik bailaban con sus trajes rojos, calzones de volantes, zapatos de flamenca y poética energía electrizante y te hacían sentir la rabia, el miedo, la culpa, la alegría y la ternura.

El sector eléctrico lleva la bolsa a un nuevo máximo.

El SEAT 600 cumple 50 años. 1957: 2586 unidades vendidas a 65.000 pesetas.

Vuelven los Rolling Stones. Madrid, 28 de junio.

En el teatro de Caja Duero, el señor Charles Gonzales nos presentó a Sarah Kane: dramaturga inglesa que a los 28 años se suicidó en un psiquiátrico de Londres. La locura es la ruptura de la relación entre el cuerpo y la mente.

La farsa de la enferma incurable necesitada de un riñón en la tele holandesa.

"Quién duerme con perros se levanta con pulgas."

ETA anuncia el fin de la tregua.

El señor Sergi Pamiés desata la polémica al rechazar la invitación de la Generalitat para asistir a la feria del libro de Francfort dedicada a la literatura catalana.

La subida de los tipos de interés, aprobada por el BCE, provoca la caída de la bolsa española.

USA instaló cárceles secretas de la CIA en Polonia y Rumania de 2002 a 2005.

Otegui ingresa en prisión.

La Autoridad Europea aprueba la comercialización de un clavel transgénico de color azul.

Y paseo mis pantorrillas por el patio de la casa de Las Conchas declamando ciudades que no existen al ritmo de dj´s metacosmopolitas.

análisis electoral

El señor animal político padece de duelo en este lunes soleado en el que “todos han ganado”, y los niños de salmancablog ofrecen camisetas en plan atizarse con el látigo: “Lanzarote Otros Cuatro Años Más” —me pido una en negro y ajustadita—. Y mi Lanzarote guarda en su caja de Pandora los astutos consejos del florentino: “Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Si logra con acierto su fin se tendrán por honrosos los medios conducentes al mismo, pues el vulgo se paga únicamente con exterioridades y se deja seducir por el éxito.”
El Príncipe. Nicolás Maquiavelo.