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Emma B. El diario de una chica de provincias

lume

lume

sábado 5/08/06: Ayer comenzó a oler a monte quemado. Señales de humo en el horizonte contienen mensajes cifrados que no he logrado desentrañar.

domingo 6/08/06: Sin pájaros en el cielo, sólo helicópteros cargados de nidos de agua y aviones con la panza recién saciada. El olor a eucalipto quemado ya no es un gustillo entre los sabores del tomate y los pescaditos fritos, todo sabe a eucalipto a la brasa. Un sol rojo se pone oculto por las nubes de humo: anochecer a la brasa y nocturno de sirenas.

lunes 7/08/06: Ya no hay aire, sólo humo. Es difícil respirar. El fuego ya no es una fotografía, ni un paisaje lunar tras la ventanilla del tren, está aquí al lado. Los caballos relinchan hora tras hora, gritan y desesperan. Las chamuscas vuelan azotadas por el nordeste. Arden los robles, más eucaliptos, los helechos, el limonero, los castaños, la hierba del jardín. El fuego está a la puerta y las viñas churruscadas. El agua embriaga las llamas. Los rescoldos aúllan en la madrugada insomne. Los dientes castañean de miedo. Los pasos entre ascuas levantan ampollas en los pies y dejan cenizas en los labios.

ovaciones y saludos: humo

La viuda de España. Ortega Cano pasea su dolor por las plazas de toros del solar patrio.

vacaciones

Ya estoy de vacaciones. ¡Al fin!..., después de un julio agotador. Bajo la sombra del castaño, con el trasero anclado a mi tumbona favorita, intento desconectar del trabajo libro en ristre y aprovecho para hacerme con un arsenal de armas de destrucción masiva con las que afrontar el regreso al tajo —una amenaza a la vuelta de la esquina—.

Lo mejor del libro de Corinne Maier, Buenos días, pereza. Estrategias para sobrevivir en el trabajo, es que nos ayuda a librarnos de esa maldita moral cristiana de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y ¡hale! a currar, a subir los índices de productividad que los tenemos por los suelos. Tras una carrera de ejecutiva en grandes empresas, la señorita Maier se ha convertido en una descreída y provocadora que nos recomienda el individualismo y la ineficacia, la falta de escrúpulos con la empresa, mientras esperamos que todo este sistema se hunda.

“El asalariado es la figura moderna de la esclavitud. Recuerda que la empresa no es el lugar donde desarrollar tu potencial, porque ya lo habrías hecho. Trabajas por lo que cobras a fin de mes, “y punto”...

No vale la pena querer cambiar el sistema, oponerse a él es reforzarlo; criticarlo es darle mayor solidez. Evidentemente, puedes permitirte alguna broma anarquista, por ejemplo, instituir el día de: “Llamaré a la oficina para decirles que estoy enfermo”...

...trabaja lo menos posible y dedica algún tiempo (pero no demasiado) a venderte y a crear una red de contactos, con el fin de tener apoyos y ser intocable (e intocado) en caso de reestructuración de la empresa.

No te juzgarán por la forma en que hagas tu trabajo sino por tu capacidad para adaptarte sin protestar al modelo promocionado. Cuanto más uses la jerga empresarial, más pronto creerán que estás en el ajo.

Nunca, bajo ningún concepto, aceptes un cargo de responsabilidad. Te verías obligado a trabajar más, sin más contrapartida que un plus de algunos miles de euros (es decir, calderilla), y eso con suerte.

... elige los puestos más inútiles: asesoría, consultoría técnica, investigación, estudio.
Cuanto más inútiles sean, más difícil será cuantificar tu contribución a la creación de riqueza de la empresa... Lo ideal es terminar apartado: los puestos improductivos y muchas veces “transversales” no tienen consecuencias, pero tampoco sufren ningún tipo de presión por parte de la jerarquía.”

Cierro las tapas del librito, respiro hondo y repito mentalmente tres o cuatro veces los consejos de las señorita Maier. ¡Listo!, ya puedo descansar. A por el siguiente... Miro al cielo y las hojas del castaño me saludan vivarachas, un par de flores alargadas y feuchas caen sobre la hamaca de listas azules y blancas. ¿Cuál toca ahora? Los Caballitos de Tarquinia de la señorita Duras. ¡ A por ellos!...

la mujer de rojo

la mujer de rojo

De todas variantes de austrias, borbones y resto de mortales retratados en la exposición, El retrato español en el Prado. Del Greco a Goya, he elegido para llevarme a casa el retrato de Mª Luisa de Orleans. Esa cabellera negra de gitana desparramada sobre los hombros desnudos, la nariz grande y labios de petit-suisse, los enormes ojos negros de mirada lánguida, el vello que sombrea la frialdad de su piel lechosa. El fondo oscuro del cuadro y la marcada androginia de sus rasgos en apasionado contraste con el rojo fulgurante de su vestido y los encajes blancos que bordean el escote palabra honor. Y en su mano un trémulo clavel carmesí desvela un corazón que suspira.

un pastiche veraniego: homero – cortázar

un pastiche veraniego:  homero – cortázar

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al Hades muchas valientes vidas de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros desde que por primera vez se separaron tras haber reñido el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles de la casta de Zeus.
Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el miedo herrumbra las áncoras.

—Viejo, que no te encuentre yo junto a las cóncavas naves, bien porque ahora te demores o porque vuelvas más tarde, no sea que no te socorran el cetro ni las ínfulas del dios.

Pues aquél, llegó a las veloces naves de los aqueos cargando de inmensos rescates para liberar a su hija, llevando en sus manos las ínfulas del flechador Apolo en lo alto del áureo cetro, y suplicaba a todos los aqueos.

—¿Qué más quiere, que más quiere?

— ¡Oh Atridas y demás aqueos, de buenas grebas! Que los dioses, dueños de las olímpicas moradas, os concedan saquear la ciudad de Príamo y regresar bien a casa; a mi hija, por favor, liberádmela, y aceptad el rescate por piedad del flechador hijo de Zeus, de Apolo.

—No la pienso soltar; antes le va a sobrevenir la vejez en mi casa, en Argos, lejos de la patria, aplicándose al telar y compartiendo mi lecho. Mas vete, no me provoques y así podrás regresar sano y salvo.

Así habló, y el anciano sintió miedo y acató sus palabras. Cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. El tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

voyeurismo: el espíritu de nuestra época

Tres petirrojos en línea sobre la tapia del patio de luces me observan con la cabeza bien alta. Llevan varios minutos entregados a husmear tratando de desvelar mi intimidad. Sin pudor alguno y maneras de avezados tertulianos televisivos, comentan con gorjeos de sabelotodo lo sucios que tengo los cristales, que me estoy pasando con el tabaco... Y el que tiene pintas amarillas en la cabeza y la cola, apostilla con aire decidido adelantando una patita delgaducha y deslucida: “¡Anda que ya era hora de que lavase! Lleva seis días sin poner la lavadora.”

Con rapidez acabo de tender la última camiseta, corro la cortina amarilla y les vigilo atenta con mi cámara esperando un paso en falso.

“...y el espectáculo consiste, sobre todas las cosas, en poder asistir a la otra intimidad. La intimidad del otro como correlato de aquella verdad mejor guardada. La degustación de lo secreto en cuanto sustancia todavía sin adulterar”.

por los pelos

Lo bueno de mi peluquería es que no hay que pedir cita, ni esperar horas de siesta en sofás incómodos ojeando el tipito y los modelazos de las divas del cuché. Es una peluquería colorista en amarillo trigo requemado con listas verdes, azules y rojo inglés en las paredes; con huellas multicolores de la manos de Anita, Pedro, Silvia, Pablo... Los espejos de curvas sinuosas, ondas de mar transparente reflejan nuestros rostros demacrados bajo el pelo recién lavado.

Mi peluquero ronda los cincuenta. Es un tipo apuesto, de ojos verdes, patillas famélicas y dos pelos por perilla. Tiene una lacia melena rubia, bien cuidada, que voltea a un lado y otro con seducción, en agitados lances de manos huesudas, entre tijeretazos y trasquile de mechones. Viste en tonos pasteles: tostados, cremas, azulitos con floja discreción, y calza chancletas para lucir sus pies de dedos proporcionados en escala de sol.

Está empeñado en verme con el pelo cortito. Cada vez que voy, comienza el ataque. Yo me resisto –con lo que me ha costado llegar a mi melenón después de una eternidad con el pelo a lo flapper-: “No guapo, por ahora, no me trasquilas, aunque sea verano y todas las ovejitas hayan repudiado sus lanas merinas”. Frustrado su deseo, acomete el corte de la melena a capas con arranque y precisión de maestro pastelero que no se amilana ante la flacidez del merengue. Clava su mirada en mi cabeza con vehemencia y yo me temo lo peor... Sin titubear, con dominio del instrumento, se lanza en picado sobre los pelos mojados. Yo persisto en mi empeño y le replico una vez más: “No las puntas, sólo las puntas, dos dedos nada más.”

...

Es domingo. El egipcio ha echado la tranca al bar de la esquina: “vacaciones del 2 de julio al 31 de agosto”; ya no puedo tomar mi aperitivo con pan árabe. El sol gratina los geranios raquíticos. La penumbra tuesta mi cuerpo a golpes de calor. Y yo..., con abanico y sin pantalla total.

un petit cadeau

un petit cadeau

Mi sirenita no se parece a Daryl Hannah. Es de otra raza, más bien mediterránea, por su piel tostada, el lunar caprichoso en el hombro y sus escamas azul platino como el mar de Ulises.

Después de dos días de jugueteos con el cubo y la palita, de siestas entre algas deshidratadas —que, al fin, encontré tras recorrer todos los herbolarios de la ciudad —, y de atracón diario; su apetito comenzó a desfallecer. Su canción perdió el entusiasmo de las olas contra los acantilados de Pharos. Una música tristona y melancólica sin rumor de orilla, ni vaivén de deseos, brotaba sin cesar de lo más hondo de su cola.

Ni la sal a paladas, ni las raciones extras de algas selectas de las Rías Bajas le arrancaron nuevas sonrisas. Detrás de la puerta entreabierta, escuché sus lamentos de voz oscura: “Una sirena en una bañera... ¡qué triste es tu suerte! Medrosa tirita tu aleta menguada.” Sus escamas cada día más resecas por las tardes de calor de fuego perdieron el brillo de la luna en el mar.

Su corazón ya no duerme, está despierto, despierto, los ojos abiertos, la frente arrugada y la aleta callada. La madrugada refresca a eso de las seis. La campana del convento de Dueñas repica con fuerza. El viento del amanecer trastea con saña la ventana de la salita. Ya no huelo a mar salado; ya no escucho el lamento silencioso: “¡Qué triste es tu suerte!”. En tres pasos estoy en el baño. Mi pie tropieza con el tapón que rodaba hacia la puerta. La bañera está vacía, cerca del agujero de desagüe un diminuto fósil de unos ocho centímetros, un pequeño caballito de mar, descansa entre las ramitas de algas verde arrugado. ¡Qué precioso regalo!


mi sirenita

La Hydropithecus tormelensis Fontanus, alias la sirena de Fontcuberta, hallada en el cerro de San Vicente tiene un esqueleto de gran vertebrado, bien formado, con miembros anteriores desarrollados, falanges bien marcadas y el pulgar perfectamente visible es oponible, por lo que se trata de una “mano” realmente capaz de asir objetos.
El cráneo con su frente corta, mentón prominente y garganta próxima a los labios nos indican una posición general del cuerpo apta a la bipedación. Su dentadura es típica de un omnívoro pero sufre un adelgazamiento del esmalte dental, debido probablemente a una malnutrición. Esta carencia alimentaria podría explicar que durante un período de hambruna hubiesen emigrado hacia zonas más meridionales en busca de alimentación más favorable a las orillas del Tormes hace unos 6 millones de años. Todas estas cualidades, junto con las características de la base craneal, le inclinan a pensar que nos hallamos ante el cráneo de un animal muy próximo al homínido de tipo moderno.
Sin embargo, las características de la columna vertebral, que muestra dos curvaturas en lugar de las cuatro existentes en los bípedos humanos, y la morfología de la aleta caudal, que tiene forma de media luna y está articula al resto del cuerpo mediante la columna, le llevan a pensar que se trata de un vertebrado acuático.

Mi sirenita no es un fósil, aunque luce algo esquelética, es cierto; está tan viva como que me parta un rayo ya mismo delante de la TFT. Es más, ahora escucho un glu-glu acompañado de un batir de palmas para jalear la cuatro ranas de la cena —es su forma de dar las gracias, pobre—. Apareció después de las inundaciones del sábado con carita de no haber roto nunca un plato; y aquí lleva cuatro días a cuerpo de reina tirada en la bañera, atiborrándose a pescado –que me está costando un riñón—, sacando lustre a las escamas y cepillándose la melena de ondas espumosas. En las horas muertas, practica el aleteo sin olas y canta con voz de mar de los sargazos teñida de verde caribe. La verdad, me pone el baño hecho una piscina, y yo arrugo el morro a lo “bulldog” mientras seco todo aquello, pero es de mentiras... Mientras retuerzo la fregona tan sólo deseo: “Me embriagaré una noche de cielo negro y bajo para cantar contigo, orilla al mar salado, una canción que deje cenizas en los labios.”

el baile

el baile

“Ofaett”

Compañía Erna Omarsdottir y Damien Jalet

Teatro Liceo, 20:30 h.

Dos cuerpos embutidos en un mono casi transparente nos cuentan una historia de seducción entre dos criaturas ingenuas, que se transforman en gigante o araña con cabeza del hombre elefante, en una danza enredada con gracia y poesía.

la sirenita

la sirenita

“La sirenetta”

Compañía Lenz Rifrazioni - Teatro Lenz.

Teatro de Caja Duero, 20: 30 horas

Los acordes del Happy Christmas esparcen sus burbujas en el fondo del mar. Una estrella de mar dormita sobre duna de caramelos con brillantes envoltorios rojos, dorados y azules que acoge en su seno a la pequeña sirenita cruelmente deforme.

Una noche de tormenta, la pequeña se enamora del Príncipe de los comedores de aire, los humanos, después de salvarlo del naufragio. Por amor, la sirenita sin lágrimas renunciará a sus escamas, su mar y una larga vida sin alma para convertirse en una mujer muda, de pasos ligeros, dolor lacerante y muerte segura.

“Nosotras no tenemos lágrimas por eso sufrimos más”.

a caballo

“Conference des chevaux”

Compañía Generik Vapeur

Plaza Mayor, 23 h.

Pegaso sobrevuela las cabezas apiñadas compitiendo en destreza con el bimotor del Barón Rojo.

Un hombre a caballo abre a paso a la manada de yeguas bípedas y senos aireados.

Un flamenco desgarra los lamentos a golpe de yunque.

La sirena colea malherida sobre un mar de piedra.

La rueda del tiempo muele los amasijos de hierros entre fragancias de gasas.

sirenas de río

sirenas de río

“Archipiélago del Tormes”

Cía. Ilotopie

Río Tormes, 22:30 h.


Neptuno seduce a la sirena del Tormes bajo la última luna llena de la primavera, mientras navega en la góndola de gárgolas de fuego.

Un viejo utilitario arrastra la caravana en un paseo dominguero por atajos acuáticos entre las dos orillas abarrotadas de juncos.

La giganta de Baudelaire luce corpiño y falda rojo carmesí, sobre su mejor miriñaque, en su caminar doliente sobre las aguas.


vigilancia electrónica

“Super Vision”

Compañía The Builders Association

El Liceo, 20:30 h.


Dos pantallas crean un escenario virtual en el que los actores se desenvuelven, y en el que se entrecruzan tres historias: un businessman comprueba en sucesivos controles de los aeropuertos que su identidad es transparente gracias a sus tarjetas electrónicas; una joven archiva en formato digital todo el pasado de su abuela que pierde la memoria, y un padre explota los datos de su hijo de nueve años para crear un fraude de miles de dólares.

“Tras el 11S, en nuestra vida cotidiana hemos llegado a aceptar, permitir e incluso alentar esta nueva forma de vigilancia, así como sus constantes incursiones en nuestro ámbito particular. ¿Qué fuerzas alientan nuestra permisividad y compromiso en el proceso de exposición de nuestros datos, y cuáles serán los resultados de este proceso?” Marianne Weems.


la decisión

"Kain, Wenn & Aber"

Compañía Nico and the Navigators

CAEM, 20:30 h.

“La primera decisión es para mí mismo, con valentía, a solas...”

“Quién decide quién debe decidir”

“Tengo más escote que tú”

“Rien ne va plus”

”... todo va bien”

Lo único bueno: La canción de Lisa Germano & OP8: Slush

chttss!

“El silencio”
Cia. Pippo Delbono
El Liceo, 20 h.

El silencio camina a mi lado dos pasos más allá abrazado a mi sombra. El silencio cuelga de mis orejas prendido en los zarcillos de plata. El silencio duerme de luto entre los pliegues de la falda. El silencio pinta de carmín los labios sellados. El silencio desata los murmullos de los adentros. El silencio de los sordos.

la venganza de madame butterfly

la venganza de madame butterfly

El sábado eran dos lindas mariposas, que correteaban revoltosas por el pasillo, con las alas color parduzco salpicadas de manchas negras y dos ligeros toques naranjas en la cola –o lo que sea-; eso, sí, estaban lejos de los radiantes ejemplares de aterciopelas alas blancas o vivaces colores. Pero, aún en su sosería eran una novedad. No molestaban. Ahí andaban jugueteando por el pasillo, de la cocina al baño, revoloteando entre los pliegues de las cortinas. Me observaban con gesto paciente desde la tapa del giradiscos, sin perder detalle de mis conferencias telefónicas a larga distancia. La más atrevida enfiló las antenas desde el espejo del baño para clavarme una templada mirada de compasión, mientras me lavaba los dientes.

El domingo por la tarde, parecía que habían convocado al resto de la parentela y que el clan noctua pronuba al completo acudía a la llamada, dispuesto a pasarse una temporada vacacional en este resort fresquito, en primera línea de calle al lado del botánico de mi balcón. Aquel conclave de mariposas ya no era tan gracioso, demasiada gente a mi alrededor: montando guardia en las esquinas, dormitando en el microondas, tres de tertulia en la bañera, y las más viejas a la fresca entre las hojas de la violeta. Movías la almohada y allá saltaba una directa al foco del techo. “Eso sí que no, en mi cama nada, queridas... Lo que faltaba”. Conseguí arrastrarla por los pelos lejos del tálamo, y me enterré en vida durante toda la noche.

El lunes a las nueve, después de una noche de ventanas abiertas tratando de mitigar la calorina, varias legiones acampaban entre mis cositas, y el techo era un nubarrón marrón oscuro cargado de mal fario. Mis sueños de pájaros y otros voladores al acecho dispuestos atacar eran realidad, aquí estaban. Aquella tarde con un arsenal de la OTAN en mis manos: el plumero, el trapo de la cocina, una estrategia planificada a golpe de buscaminas -durante todo el día en el curre-, y mucha alevosía, pasé por las armas a la mayor parte de los lepidópteros.

Ahora tengo el parquet plagado de cadáveres, camino de la cocina al sofá entre crujidos del polvo y esqueletos que se resquebrajan bajo las chinelas. Con lupa analizo los últimos estertores de esta pequeña que me saca la lengua y abre sus ojos azules como platos antes de caer despanzurrada. Y la casa sigue cerrada a cal y canto.

entre rubias anda el juego/3

Ellas son la madre de todas las rubias, son las rubias XL, ya sean altas y fuertes o tamaño chatito, de brillantes ojos claros que apenas se vislumbran medio ocultos entre las cejas y los carrillos. El centelleo de cera de su piel, que delata la grasa latente bajo los poros, contrasta con el tono marmóreo de las rubias gélidas. Simpáticas y ocurrentes, contentas en sus redondeces, de mente ágil y rápida, y lengua afilada, consiguen dejarte patitieso entre sonrisas, guiños de ojos, y un bocado de melón.

Trinidad Ibarra era una rubia oronda y alegre, que cuidaba su lacia melena noche y día sin descanso. Todos sus útiles y herramientas campaban a su anchas por el baño y las afueras: el champú de camomila, la crema suavizante, el peine de carey, la hidratante,la mascarilla, el cepillo de púas metálicas y el de diario. Entre sus cuidados cotidianos practicaba el cepillado y aireado nocturno unas cien veces, mínimo,con la música de Génesis enredada por los rincones de la casa.

Trinidad era una experta cocinera que conocía los secretos trucos familiares para alimentar a la tropa de famélicos, que nos sentábamos a su mesa, con tan sólo medio paquete de espaguetis y un tomate. Aún en los momentos de escasez tipo racionamiento —ni siquiera patatas en la despensa— no faltaba el mantel de algodón en la mesa, rescatado de las sobras del ajuar familiar. Llegaba con la olla, la dejaba al lado de su plato y con ritual de misa de boda nos servía uno por uno, con el cucharón enjaezado en el brazo derecho y un sonrisa complaciente en la mano izquierda. Después de mucho insistir, me enseñó a preparar bonito con arroz —mi plato estrella—, pero a la hora de la verdad nunca me dejaba cocinar, con gesto de diosa de los fogones y voz de pastel de crema, me decía: “Deja que ya, lo hago yo..., tú friegas”. Sin opción, ante sabiduría culinaria de tal calibre, me labré una larga carrera de friega platos en los pisos que compartimos esta rubia y yo.

A Trinidad, le gustaba halagar y dar de comer a los hombres. Seduce con la buena mesa: el mantel y las servilletas siempre a punto, los tenedores y cuchillos en su sitio, los vasos de cristal sin manchitas, el pan de horno. Y ellos..., ellos no quedaban nunca con hambre.

entre rubias anda el juego/2.1

entre rubias anda el juego/2.1

A vueltas con las rubias gélidas, y mira tú por dónde ayer mismo, en el último concierto de pop nórdico en la sala Marte del CAEM, tropiezo de bruces con las tres chicas suecas de Midaircondo. Dos de ellas por el libro: el pelo de un rubio que deslumbraba bajo las luces moradas del escenario, la piel láctea mancillada en el pecho por una rojez soleada, delatora de un escote en pico, y brazos rígidos como filetes de pollo recién sacados del congelador.

Ni el verde trigo verde de sus vestidos emperifollados: escote palabra de honor y falda de tules con todos los colores del verde; ni los tules enredados entre jirones, ahuecados y fruncidos en varias pestañas, con vueltas y pliegues recogidos por broches rosa brillante; ni sus amables y educadas palabras podían evocar a las tiernas princesas encantadas.

Las rubias salvaguardadas por una maraña de cables, baterías, mesas de mezclas, micrófonos y varias Apple Computer acabaron por aprisionarnos entre los ecos de sonidos tecno-industriales, los gritos agudos de las gargantas quemadas por el viento helado, las voces oscuras de los que viven en los días sin noches, y los gestos sutiles de las manos que pulsaban la flauta y el saxo.

Y me acordé de Björk, pero sobre todo recordé lo que me había confesado mi amigo, el gitano: que no le gustan las nórdicas, siempre hay algo en ellas que permanece oculto, que no desvelan, ni permiten que lo descubramos.