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Emma B. El diario de una chica de provincias

entre rubias anda el juego/2

entre rubias anda el juego/2

El tipo rubia gélida, a lo Ingrid Bergman, Tippy Hedren o Kim Novak, encandilaba a nuestro querido Hitchcock por ese supuesto fuego en el cuerpo oculto entre la severidad de los gestos almidonados. Estas rubias con piel blanca de mármol de difuntos, ojos contenidos y afilados, desfilan lejanas y elegantes ante la mirada chispeante de una reata de embobados que caen seducidos y acojonados.

Si a alguien le sentaba bien aquel uniforme anodino: blusa blanca, chaqueta y falda tableada azul marinos, era a Jimena Olmedo. Alta y escuálida, cara ovalada en la que no destacaban aquellos diminutos ojos verdes paciencia, que dejaban su amplia frente en un vacío absoluto, el pelo lacio, largo, de color trigo requemado parecían hechos para el uniforme de chica discreta y aplicada.

El profesor Guitian disfrutaba llamándola al encerado después de un repaso completo a la lista sin resultado alguno, en un fallido intento por resolver el enrevesado problema de integrales con los que solía castigarnos en las mañanas de los lunes.

—Señorita Olmedo, al encerado. —Vociferaba satisfecho después de tomarnos el pelo sin reparo por nuestra poca cabeza numérica.

Y la Olmedo se levantaba más tiesa que una vara, con la melena cargada en los hombros y la cabeza erguida clavando los ojos en el último infinito de un logaritmo que brincaba en la pizarra verde. Caminaba tímida, despacio, pero segura de conocer el camino y la respuesta.

La Olmedo cogía la tiza más larga que encontraba entre sus dedos aún más largos, no adelantaba ni una remota idea de la solución, ni un gesto delataba sus intenciones, simplemente comenzaba a desarrollar un largo chorizo de fórmulas, asociaciones y conversiones: despeja aquí, sustituye allá... Nunca explicaba nada, se limitaba a engarzar números y símbolos acertadamente. Remarcaba el resultado en un cuadrado con fuerza y decisión, sacudía las manos y volvía a su pupitre con la cabeza baja y la mirada ausente entre las baldosas del suelo. Y el señor Guitián, en una gracia a su rubia favorita, nos explicaba la resolución del problema al pelotón de las torpes, con desgana y pocas palabras.

La señorita Olmedo, después de terminar la licenciatura en Medicina en los seis años establecidos, se decantó por la psiquiatría contra todo pronóstico y para frustración de su empedernido admirador.

entre rubias anda el juego/1

entre rubias anda el juego/1

De las variedades femeninas que voy encontrando, resultan las rubias un complejo vitamínico reconstituyente y dispar. Hay dos tipos de rubias, bueno, pensándolo bien creo que son tres, aunque la doctrina más ortodoxa considera al tipo bellezón como un subtipo de las gélidas.

El tipo rubia bellezón con curvas y salerosa es sensual y atrevida. Suda sexualidad, esta mujer frondosa que no usa ningún rexona que la entierre bajo los aromas de los limones del caribe. Una especie de Silvana Mangano en Arroz Amargo pero de piel blanquita y sienes doradas. Desde luego –sí, han acertado ustedes—, es el modelo Marilyn Monroe, Brigitte Bardot..., o Purita, la de Ortega, que detuvo su vestuario en los modelitos de juventud, y continúa fiel a sus falditas ajustadas, zapatos de tacón de aguja, jerseys entallados y blusas con doble pinza en el pecho. Ella es el orgullo de su marido, un médico conocido que dejó estupefacta a la provincia cuando abandonó a su señora, una pavisosa niña bien, por esta rubia que abusaba del maquillaje y no escondía sus gracias, y al que los amigotes aconsejaban ponerle un pisito en la capital. Desde ese día, Purita ha tenido que demostrar día a día que es una excelente cocinera, que su boyante boutique no es un tapadillo prostibulario y, por supuesto, que no es un putón verbenero.

la compra

He necesitado todo un domingo para recuperarme de la hora larga de sábado mañanero en Carrefour, y eso que mi lista de la compra era escueta y un modelo de organización temática: fruta, verduras, pescado... Gracias a la nube de música orquestal, los aspavientos de los reclamos megafónicos: “Señor García acuda a información” —¿Tan sólo un García en todo el hiper?—, y el barullo ambiente de toda la tropa de hambrientos con los carros cargados hasta el más allá, empecé a sufrir un aturdimiento general que me recordaba esos ciegos obnubilantes del hachís en los que, como decía el señor Baudelaire, el simple hecho de entrar en la farmacia y pedir un remedio resulta una tarea ingente y penosa.

Como no dominaba el mapa del hiper, después de traspasar la barrera metálica, me sentía vagando sin rumbo en megalópolis con tráfico de hora punta. Menos mal, que mi cabeza, que tiene un ojo clínico acelerado, más rápido y acertado que mis ojillos, acabó tomando el control de mis pies y me dejé llevar. Pegué el post-it con mi lista en la barra del carrito y me sentí entrar en el mundo feliz de rellenar el carro sin sobresaltos. Pero..., perdí el turno en la pescadería por atender al mismo tiempo el pesaje de cuatro manzanas y echarle dos tejos al alemán que se debatía entre los tomates cherry o en rama. Después del desliz, milité en la pescadería hasta que llegó mi turno: ”Una dorada, por favor”. “¿Qué le hago?”, me preguntó una recia morena con voz de sargento rusa. En blanco, me quedé en blanco. En un segundo todas mis horas de Ciencias Naturales desfilaron por mis conexiones cerebrales tratando de recordar la anatomía del pez. “Pues... Humm..., las... escamas, le quita las escamas, las agallas, las aletas y la cola, pero NO la cabeza. La cabeza no se la quite”, le remaché —qué manía de descabezar el pescado tienen en esta villa—. Al fin libre, tenía tachado el 99 por 100 de la lista, sólo me faltaba la piña en lata. ¿Dónde estará? Un error, nunca debí de incluirla en la lista. Encontrarla me costó varias tournées de ida y vuelta por los pasillos, echar mano de la lógica –que no funcionó- y preguntarle a dos empleadas, más otro fallido que resultó ser un cliente, y me lanzó una mirada de “Anda, guapa, tú qué te crees”, que me dieron ganas de contestarle: “Perdón, señor ingeniero” y arrearle una palmadita en el bullarengue. Por una vez tuve suerte: no me tocó la cola de los torpes, y mi trasero y el carrito se deslizaron suaves y ligeros como una Harley Davidson.

milena

milena

Todos los jueves, con el último mordisco en la boca y el yogur esperando sobre la mesa, suena un timbrazo cauto y escueto en la puerta de mi casa. No hace falta que mire el reloj, son las cuatro. Milena llama a mi puerta, y espera paciente con la bolsa repleta de sus herramientas: guantes, zapatillas, un viejo vestido de franela con flores marrones y verdes.

Milena abandonó a sus enfermos del viejo hospital de Cracovia, las noches en blanco cargadas cloroformo y lamentos; guardó sus vestidos demasiado abrigadores para el caluroso verano del Sur; regaló el gato a su mejor amiga; devolvió el violín a su padre y, tras varias vueltas de tuerca, decidió acompañar a Tomasz en la nueva aventura.

Sin mediar palabra, comienza sus tareas con orden y quehacer minucioso: pone la lavadora, recoge los restos de mi desorden, limpia las habitaciones, sacude la alfombra de bolitas de colores –es su favorita, lo noto-, y coloca de nuevo los libros, los recortes de periódicos y los discos en el mismo desorden para que no me pierda. Con precisión programada, a mitad de faena se permite un respiro: se sienta en la cocina, fuma un cigarrillo y come un plátano: “En Polonia, erran muy, muy carrisimos”, me aclaró con ojos azul opaco, la primera vez que la vi con el plátano en la mano. Después de su dosis, cargaría con el mundo a sus espaldas. Termina la cocina; busca un extra en la lista de tareas domésticas más tediosas –los cristales, sin ir más lejos- y se pone a ello con tal ahínco como si la capa de polvo nos impidiera ver la ciudad. Por último, plancha los trapitos sin una arruga, con tal rapidez y tino que me tiene sobrecogida. Milena nunca tiende la ropa interior en el tendedero del patio de luces, prefiere el radiador de mi habitación para las bragas y sostenes.

hartura de titulares

Bush y Merkel expresan su total acuerdo sobre la crisis de Irán.
Eric de Riedmatten: “En 2050 habrá desaparecido la última gasolinera, ya que el hidrógeno se habrá generalizado, al igual que las energías eólica y solar.”
USA debe admitir que el dólar necesita depreciarse. (Lo dice M. Felstein, economista de Harvard).
USA teme la chavinización de Nicaragua.
El director de la CIA presenta su dimisión por sorpresa tras año y medio en el cargo.
Javier Arenas dice: “El estatuto andaluz es de segunda”.
ERC opta por el “no” rotundo al Estatuto.
El PP rentabilizará que el “no” deje de ser anticatalán.
El Gobierno ve insostenible que ERC siga en el tripartito.
Blair sufre un batacazo en las municipales. El laborismo se sitúa como la tercera fuerza política del país.
Las Fuerzas Armadas no pueden ser una ONG, ni sustituir a Protección Civil o a los bomberos, lo dice Jesús A. Núñez Villaverde
Un soldado muerto y 11 escolares heridos en una exhibición militar en Zaragoza.
Rubalcaba y Alonso subrayan que la Guardia Civil seguirá teniendo naturaleza militar.
Los policías eran ladrones: dos policías nacionales y un mosso entre los 26 detenidos por robar droga y secuestrar a narcos.
Detenidos en Málaga dos terroristas del IRA Auténtico que traficaban con tabaco para financiar a la banda.
Roma excomulga a los dos obispos ordenados por la Iglesia china y condena con palabras durísimas a la llamada Asociación de la Iglesia Católica en China, dirigida por el Partido Comunista local.
El cardenal Amigo defiende una ley para los transexuales.
La Junta permitirá el tabaco en los bares de las empresas si habilitan zonas de fumadores.
Medio Ambiente permitirá hacer fuego al aire libre en verano. (Barra libre a las barbacoas).
La señora Thyssen amenaza, no sólo con atarse a un arbol, sino con subirse a él con la cestita de la merienda para evitar la tala de los árboles del paseo del Prado.
Picasso reina en las subastas: “Dora Maar con gato” alcanzó 75,3 millones de euros el miércoles en Sotheby’s
La Generalitat catalana regula la prostitución: fomentará que las prostitutas autogestionen los burdeles.
El Consejo de Administración de Unión FENOSA cobró un 28,8% más que el año anterior.
Tele 5 ganó un 13,6 % más que el mismo trimestre del año anterior.
Un ex ministro de Berlusconi ingresa en prisión, condenado por sobornar a un juez.
El presidente de E-ON arremete contra Zapatero, al que acusa de inmiscuirse con medidas proteccionistas en un mercado libre.
Botín alerta de la pérdida de competitividad de España en la junta de accionistas de Universia.
El hermano del pentapléjico de Valladolid da las gracias a quienes le hayan ayudado a morir.

¿Y tú que sabes?

Con ustedes el presentador Bob Dylan.


PD: Del conflicto vasco descansamos aposta.

intrépidos

intrépidos

El pasado martes la señora Clemente, acompañada de mi Lanzarote, presentó el II Festival de las Artes que tratará de seducirnos del 2 al 17 de junio: mucho teatro internacional –tal vez demasiado-, dj’s, y precios de no perderse nada, la selección de actuaciones musicales un tanto dispersa: Kiko Veneno, Amparanoia, Asia Dub Fundation…, no llega ni a la suela de los zapatos del año pasado. Dicen que está dedicado a Brasil, pero más allá de Rua de Niteroi, Marcelo D2 o la cantante de Zuco 103 no me percato da presencia do Brasil. Mi Lanzarote tan lanzado como siempre ha afirmado que llegará a la categoría de los festivales de Salzburgo y Edimburgo. Como dicen en mi pueblo: Muchas veces, y que yo lo vea, querido!

Claro que el arrojo de mi Lanzarote todavía no ha llegado a la osadía de mi Lores que, el pasado sábado —víspera de la fiesta de os maios—, se tiró al río Lérez para dejar bien claro a la oposición y criticones que el saneamiento del río estaba terminado y el agua muy limpita. Luciendo bañador de flores, en el más puro estilo Curro en el Caribe, y aletas, el Alcalde de Pontevedra se pegó un chapuzón purificador en las gélidas aguas del Lérez, acompañado por deportistas, políticos y simpatizantes. De “impactante” calificó mi Lores la experiencia que le permitió corroborar, a pesar de las corrientes, la tesis que este esperado evento tenía por bandera: “a auga estaba fría, pero limpa”.

lilas

lilas

Hoy es un día blanco. Esta mañana, la vecina, una jubilada rubia, de lengua afilada y manos ruidosas, me ha regalado un ramo de lilas blancas, perfumadas con olor a jueves de abril.

"Quand je vais chez la fleuriste
Je n’achèt’ que des lilas
Si ma chanson chante triste
C’est que l’amour n’est plus là"

Esta tarde el estanquero de los cigarros que casi no fumo, un moreno de nariz judía y ojos de treinta y tantos, me ha regalado un par de kits japoneses para comer: palillos de cerezo, mantel bordado, servilleta y posatacitas de té.

"Dieu est un fumeur de havanes
Tout près de toi, loin de lui
J’aimerais te garder toute ma vie
Comprends-moi ma chérie

Tu n’es qu’un fumeur de gitanes
Et la dernière je veux
La voir briller au fond de mes yeux
Aime-moi nom de Dieu"

Ahora, sólo me queda colarme en el traje chino de seda negra, estampado con dragones verdes, cerezos en flor y puentes de madera; prender las lilas en el pelo, y seducir al moreno rapado de labios de faraón, en la casa de la luna del té de agosto.

vanguardias rusas

vanguardias rusas

Era la primera tormenta del año, los truenos la delataron, y el granizo cubrió de blanco en pocos minutos la plaza de la Guardia de Corps, y el recién estrenado busto de Dña. Clara Campoamor —con un tamaño más de cabezudo de procesión que de un bronce para jardín de capital—. Esto era el sábado a primera hora de la tarde, pero el lunes el calor y el sol relampagueaban con fuerza y sorpresa para todos los madrileños.

Entre una y otra estampas pasaron horas de imágenes abstractas, en la oscuridad programada de las luces que solo iluminaban los radiantes objetos memoria de una revolución fracasada: el desarrollo virtual del monumento de Tatlin a la III Internacional, los carteles panfletarios para el proletariado ruso, o los cuadros en blanco y negro, declaración programática del suprematismo de Malevich: el Cuadrado negro, el Círculo negro y la Cruz negra.

Bajo los círculos y los triángulos de madera de melocotonero, enroscados y encajados, círculos dentro círculos, de Ródchenko, la melancolía, que rodaba diez pasos más allá entre los colores planos de Popova: rojo sangriento, un amarillo de trigos requemados de la estepa rusa y el negro del silencio, vuelve y me rodea entre las sombras constructivistas de los cuadrados dentro de cuadrados, y el Negro sobre negro.

Recobrada la nostalgia en otra vuelta entre las sombras, todo parecía perdido, sin embargo, algunos kilómetros más allá, el colorido poético y fantasioso de la Rusia imaginaria de Kandinsky y Chagall, o las formas vanguardistas del juego de té de Suetin, destilaban la energía vibrante de la luz primitiva e ingenua confinando al destierro la morriña latente en las válvulas del corazón.

Y en el último piso, alejadas del bullicio entre el silencio oscuro y los marcos de madera, me esperaba la gran sorpresa de la exposición: la fotografía. Allí estaban: El bodegón con Leika, las fotos de engranajes y piezas de máquinas, el retrato del pionero o los pinos tomados en picado de abajo arriba, y como no los retratos de Maiakovski. De pie con gabardina y sombrero, de frente con los ojos a punto de estallar, o con el cigarro en la comisura de los labios, a punto de caerse, y ojos de gallego desconfiado que desafían a la cámara de Ródchenko, en una pose tan bien imitada por un señor de Lalín.

el azar

Joyce Vincent ha pasado estos dos últimos años frente a un televisor encendido que no podía ver ni escuchar. El cadáver de esta londinense de 40 años fue descubierto en enero, después de que su casero echase de menos el alquiler y se decidiese a tirar la puerta abajo. En la salita se encontró con una inquilina apestosa y descompuesta, sentada en su butaca favorita a la lado de la bolsa de la compra y los regalos de Navidad. Joyce murió sola. Nadie la echó de menos. En estos dos últimos años la televisión no dejó de vociferar día y noche acompañando su descanso eterno, sin importar a los vecinos.

En Madrid, un hombre de 30 años apuñala a una compañera de trabajo, golpea al encargado y se tira de un quinto piso, después de recibir la carta de despido de la empresa Mallorca para la que trabajaba. Requiebros del destino han querido que el hombre de 30 años salvase su vida al rebotar en el morro de una furgoneta de la empresa Mallorca, que pasaba por allí.

alto el fuego

La madrugada escurre las horas cuesta abajo, y en las trincheras nubes de polvo rojizo me impiden ver la pantalla. Un fuerte olor a roña galvanizada calienta el cansancio tras horas de combate con los ganchos. Su dureza puede conmigo... Agotados los esfuerzos. Son las cuatro, el camión de la basura pasó hace rato y el vecino acaba de apagar el ordenador. No hay rastro de luz tras las ventanas. Los garfios recién estrenados desafían la luna opaca que no aúlla ni queriendo.

No hay manera, ni las horas de sueño entre almohadones de plumas doblegaron los garfios. El riego con aceite de almendras no ha surtido efecto; me temo que los ganchos no tienen poros. Una pena..., mi gozo en un pozo. Esto se complica cada vez más. Son malísimos: ahora el orín se ha incrustado en el mecanismo de las teclas, y cada vez resulta más difícil conseguir que funcionen. Tres, cinco, nueve..., veces tengo que atizarle para lograr que la s despierte, apenas existe, ¡qué pesada!
Hoy hace sol, y ¡hasta calienta! Pero los garfios han empeorado. Me regalan para desayunar un lamento con chirrido que me atraganta la magdalena. Así no hay manera, no puedo moverlos. Afuera un redoble de tambores y de cornetas desfilando me sube un perfume de claveles y velas entre mantos de terciopelo y oro.

Bueno, ya le empiezo a ver algo, aunque tal vez es efecto de sábado soleado. Pues sí, tiene sus ventajas: rasca estupendamente la espalda con sus puntas afiladas, y de un solo impulso lo clavo en la tierra y ya tengo hueco para plantar un pensamiento. Lo peor es este rechinar y esta parsimonia a todas horas, al polvo ya me he acostumbrado.

Como es domingo, duermo la siesta al sol lejos de los mequetrefes que verdean a las orillas del Tormes. Al despertarme los garfios han desaparecido. Y otra vez las manos con cinco dedos, unos más largos que otros, pueden frotarme los ojos. Más delgadas que antes, un poco más largas tal vez —como siempre las quise—, impecables. Dos metros más allá, el hombre pelado esconde con pavor sus manos en los bolsillos del chaquetón a cuadros.

Y se ha pasado el puente con éxodo incluido.

la batalla

Mi Finito me dice, unas líneas más abajo, que aún sin manos seguiré escribiendo. Y sí, así parece. Después de todo tenía razón, aunque, tecleo con dificultad, a trompicones. No consigo habituarme. Bueno..., después de todo es poco tiempo el que llevo. Necesito acostumbrarme. Ya sé que las cosas no se logran a la primera. Y yo precisamente, debería saberlo, todo me cuesta mucho trabajo, más de un intento y de dos... Una vez más, me armaré de paciencia, y poco a poco todo será más llevadero. Sin duda, con la práctica adquiriré más agilidad y rapidez. Primero, aprenderé a manejarla bien, con soltura. Y, además, después de todo llevo unas horas tan solo, y eso es muy poco tiempo. Cuando desperté esta mañana, luego de un sueño agitado, me encontré en la cama con las manos vacías, mejor dicho, y para no faltar a la verdad, sin manos pero con unas prótesis de acero galvanizado, negras como el sueño. Las articulaciones padecen una artrosis ligera producto del oxido acumulado entre las ranuras, pero responde a los impulsos cerebrales y, aunque a deshora, consigo que le haga caso a mi cuerpo serrano. El repiqueteo metálico de los ganchos —algo maltrechos por la dureza de la batalla contra las teclas— avanza en formación de dos en fondo hasta las trincheras de las palabras que una tras otra van cayendo en la pantalla.

domingo de ramos

domingo de ramos

“el que no estrena, no tiene manos.”

No recuerdo haber pasado más frío en vida que en Domingo de Ramos. Ese era mi domingo favorito. Cuando era pequeña, siempre estrenaba algún modelito pero, la mayoría de las ocasiones, el tiempo no acompañaba al atuendo elegido por mi madre, eternamente fantaseando con un bonito y soleado día de abril. El vestido de flores azules, menudas y saltarinas, repleto de nido de abeja, con la chaquetita blanca de algodón, no daba el suficiente abrigo en aquella mañana húmeda y lluviosa, y los zapatos de charol acababan convertidos en pateras a punto de hundirse con todo el agua que empapaban los calcetines de perlé. Esos domingos, aterida, agitaba con fogosidad la palma, hoja de lanza –una palma lacia y austera sin trenzas ni colgajos cursis-, quizá esperaba que tales aspavientos me librasen de aquel gélido viento que rechinaba entre las costillas y los pulmones. Otros años teníamos más suerte y el modelito de cazadora y falda tableada en mezclilla de franela gris nos tapaba el corazón inquieto y los ojos asustados de tanta palma y rama de olivo que luchaban por arrearle coces al borriquito, que bajaba presuroso las escaleras de la iglesia de San Francisco. Mi estreno favorito fue aquel pichi de pata de gallo verde en paño de lana con un jersey blanco y medias blancas con pompones. ¡Qué delicia! ¡Cuánto abrigaba y qué poco pesaba!
Esta mañana no tengo nada para estrenar: ¿sin manos, ya no podré volver a escribir?


chicas del 75

Malena lucía con orgullo sus negros ojos achinados despejando su carita tozuda con una pequeña pañoleta azul cobalto, que le recogía la melena detrás de aquellas orejas más bien de soplillo. Viniese o no al caso, le encantaba soltar en las conversaciones sus frases favoritas de “El Gran Timonel”: “Mientras sea monje tocaré la campana”, “Esto es como barrer el suelo: donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo”, y otras lindeces del estilo. Una noche de temporal perdió su pañoleta en una esquina de aire cruzado en la plaza da Algalia, y ya nunca más recordaría los pensamientos floridos de ninguna revolución cultural. Sin embargo, nunca dejó de fumar como un carretero.

Romina era menuda y bajita, una hippie de figura normalita que escondía sus ojos verdes entre el revuelo de sus rizos morenos antes de cepillarse a los novios de todas las amigas.

De pequeña, Rebeca, enmudecía ante las preguntas de la maestra; de mayor, hechizaba con sus ojos de gata sobre el tejado de zinc. Sus novios padecían de jaqueca de tantos cabezazos que se propinaban contra la pared del dormitorio, y ella..., ella mataba la culpa rasgando la vena de su muñeca izquierda.

Carolina plantó a su novio, el moreno guapísimo, por un artista en ciernes al que abandonó por un cubano que la arrumba entre sus mil y una fantasías.

cerezos

cerezos

Soy urbana, una chica de provincias urbanita. ¡Qué le voy a hacer! Cosas de la vida. Para campo, con el de mis macetas me voy arreglando. Si tengo mono planto la sillita roja en el balcón, a la sombra de la adelfa, entre tulipanes y geranios, para recitar por lo bajinis al aire de abril aquello de: "Tus ojos me recuerdan las noches de verano. Y tu morena carne los trigos requemados, y el suspirar de fuego de los maduros campos...". Y lista, ya tengo para un mes. Pero esta temporada, andaba yo inquieta, esa dosis de tierra no me bastaba, y eso que el níspero parece que ha prendido después de todo el invierno bajo palio. ¡Todo un logro! Sin pensármelo dos veces me apunté a la excursión de mi floripandi al valle del Jerte para ver los cerezos en flor. Las montañas lucían de invierno en un gris azulado mate reposado. Cerca de las cumbres los cerezos seguían hibernados pero en las laderas, desde el fondo del valle, de blanco reluciente los cerezos con sus flores níveas y lozanas cercaban al invierno y nos presagiaban el dominio de la primavera.

Claro que, en tiempos de movimientos de masas, lo que prometía ser un día de mantel a cuadros y tortilla se convirtió en rebaños de niños por doquier, reatas de autos, atascos y sobredosis de ropa deportiva; con la honrosa excepción del esbelto guardia civil enfundado en su ajustado pantalón verde alfalfa y sus botas negro zaino bien calzadas hasta la rodilla, sólo le faltaba el famoso tres cuartos de cuero marrón. ¡Uhmm...! ¿Quién habrá inventado ese uniforme? Todo un hallazgo. Bueno, que me pierdo. Como nosotros ayer, los japoneses celebran la floración de los cerezos con el festival del Hanami. A la sombra de los sakura –cerezo en japonés-, se reúnen las familias y amigos y comparten los alimentos que todos aportan para celebrar la vida. Para los japoneses, los sakura representan la belleza y delicadeza, lo efímero de la vida humana ya que las flores bellas y sencillas viven muy poco tiempo en el árbol. En la antigua tradición Samurai, la flor del cerezo representa la vida del Samurai, dispuesto a morir por su señor, y antes que ver su nombre deshonrado por incumplir alguna de las normas del bushido. De vuelta a casa, empachada de sakuras y con los grises y blancos abarrotando mi retina, recordé a Yukio Mishima, que utilizó el harakiri –ritual legendario de los samurai- para suicidarse, mientras saboreaba un delicioso bombón relleno de higo, delicatessen de la tierra del Jerte.

la última palabra

la última palabra


La pescadera de mi barrio calza un treinta y cinco y mueve, nerviosamente, un cartón cuajado de escamas con sus manos pequeñas y regordetas cada vez que las moscas de reflejos azules, casi negros, se empeñan en aterrizar sobre sus merluzas bastante traqueteadas. Tiene un marido delgadito y, también, bajito que la mira con ojos de trucha cansada y viste pantalón gris de tergal, algo flojo para su enclenque figura. El mayor orgullo de mi pescadera es su hija florero que milita de cuerpo presente toda la mañana en la pescadería, impasible de fina, con el pelo negro bien ondulado y una falda ajustada de joven casadera.

Todos los días de diario, justo antes de cerrar, el marido de mi pescadera llega en su ford scort granate oscuro, aparca en doble fila, enciende los intermitentes, entra en la tienda, recoge los embalajes y las tripas del pescado, los envuelve en un gurruño de periódicos y plásticos antes de tirarlos al contenedor. Canda la puerta de la pescadería. Comprueba que la cerradura no se mueve, y que las llaves están en el bolsillo de la chaqueta azul. Solícito, abre la puerta del coche a su mujercita que, con ojos exultantes y voz de ¡arr!, le recrimina no haber comprado perejil suficiente para regalar a sus mejores clientas: “Tiene una que estar una en todo... Con la mañana que he tenido, sin parar un minuto”.

la noticia de la semana

El jaleo mediático de la semana comenzó, sin duda, cuando: "Euskadi Ta Askatasuna ha decidido declarar un alto el fuego permanente a partir del 24 de marzo de 2006". Tres tipos enmascarados de blanco, con txapela y jersey negros, sin arquear una ceja y mas tiesos que un garrote, ante una mesa de operaciones y con el famoso anagrama de la serpiente y el hacha como telón de fondo daban el marco solemne y grandioso a tal declaración contada por una voz femenina bien modulada, tranquila y candenciosa que intrigó a más de uno. ¿Quién es la voz de ETA que parece de locutora de telediario?

Desde ese momento de todo como en botica: corrió el champán –mejor dicho el cava—, declaraciones de Zapatitos, la cara de vinagre Acebes en el Congreso, respuestas de Mariano, opiniones de las víctimas, comentarios de politiqueros varios, interpretaciones de la judicatura, lecturas entre líneas de periodistas, desconfianza en los más viejos e ilusión en los que gobiernan y allegados. Tres jubilados al sol en un banco de la plaza de Julián Sánchez, "El Charro", llegaron en un tris al acuerdo de que "el gobierno se ha bajado los pantalones" y, liquidado de un trago el tema estrella de la semanita, pasaron a debatir el siguiente punto del orden día, a saber, la artrosis galopante después de estos días lluviosos.

Lo mejor de todo este aluvión —que me temo no ha hecho más que comenzar sobre todo ahora que ETA ha decidido entrar a lo grande en los mass media dosificando los comunicados, ya vamos por el segundo en cuatro días—: la viñeta de Forges con sus viejitas declarando "que se ha acabado la última guerra carlista". (Repasemos queridos niños: la primera guerra carlista permitió a los territorios vasconavarros mantener sus fueros, más tarde respetados por el Caudillo por el apoyo que le prestaron los carlistas, antecedente del peculiar sistema de financiación del País Vasco en la actualidad). No me veo tan optimista con las doñas. Veremos. De unos figuras con corazón de bronce que han llegado a liquidar a diestro y siniestro, incluso a su propia gente por abandonar la organización -recordemos a Yoyes-, cualquier cosa.


primavera 2006

Tres Dominicas de la Presentación con el mismo corte de pelo, de piel blanquita, pelo negro, cara redonda, mejillas sonrosadas y chaqueta a juego, como buenas hermanas, contestan de buena fe a las preguntas de un sarasa recién casado y una finolis que se ha operado la delantera y luce escote de los que permiten ver a gusto el canalillo de las tetas. Las hermanas les explican con paciencia de convento cómo se les ha ocurrido lo de mivocación.com: que es un medio de llamar la atención, que desde varias partes del mundo se han puesto en contacto con ellas, que han tenido 25000 entradas en dos días. Las monjitas de seglar siguen parloteando de espiritualidad ante el vacío del mundo, de la llamada de Dios, de que también ellas han estado antes en el mundo, de sentir el fuego del Evangelio, que Santa María Magdalena también fue pecadora, en fin lo de siempre..., de lo divino y lo humano con estilo sor Citroen tertuliana del siglo XXI.
—Pero..., ¿cómo las puedes aguantar? —me espeta Misombra con voz revuelta, removiendo el azúcar con la cucharilla.
—Para ya, deja de revolver, parece que estás tocando la campanilla y que nos llaman a maitines —le contesto mirándola con ojos de obtusa, preguntándome qué mosca le habrá picado a ésta.
—Me ponen del hígado, no las trago, me recuerdan a sor Piedad, la que nos daba filosofía y labores del hogar, ¿no te acuerdas? No las puedo soportar. Siempre con esas mañas de no haber roto nunca un plato, ese paripé compasivo —Su voz adquiere temple de mala follá y de un golpe se escurre como una anguila entre la mesa y el sofá, abre el balcón y se tumba al sol entre los tiestos de los narcisos.
—¡Niña! Qué ya es primavera... Apaga eso.

hombres con los que...

"Si un día tuvieran la ocasión de compartir su suerte conmigo, toda una vida,
sin duda me ofrecerían el aire...
hombres con los que no me he casado".

Dorothy Parker

Kurtz agarraba con fuerza el plato sopero y lo acercaba con precisión y tiento hasta el borde de sus labios sonrosados y carnosos; encajaba el borde del plato entre la comisura de los labios como si se tratase de una pieza del mecano, y sorbía despacio, profundamente como quién aspira el humo del primer cigarrillo del día, sorbía con ansia de sediento, con tal estrépito de gorgoteos que revolvía los fideos de las sopas ajenas. Antes del último sorbo, el resto de los comensales se habían deslizado silla abajo, habían acercado su cabeza al plato con tanto sigilo y cautela que la sopa estaba fría pero seguía intacta.

Roberto Roal tenía poca mano con las mujeres pero le gustaba alardear de su misoginia congénita.

Onofre tomaba el sol en el banco de piedra de la Quintana dos Mortos y escondía su nariz aguileña bajo el sombrero de panamá. En invierno, se calentaba el reuma con unos lingotazos de coñá en el Galo d’Ouro; usaba pantalón rojo de pana, jersey de cuello cisne negro y un abrigo corto gris marengo; bajaba y subía las escaleras de la Quintana dos Vivos con paso perezoso y algo cargado de hombros. Un verano, encontraron sus huesos larguiruchos y su hígado inservible en la cuneta de la autopista A-9.

hombres con los que no me he casado

Benjamín retorcía entre sus dedos afilados una bufanda de listas marrones y grises antes de atropellar con miradas desgarradoras a la mujer deseada. Miraba sin hablar. Farfullaba torpe y a trompicones, repleto de centellas entre los labios.

Gabriel tenía alergia a los metales y un dólar de plata en el bolsillo derecho de su pantalón de pana azul marino. Cada vez que estrechaba la moneda con su mano un sarpullido cenizo infestaba su reluciente piel morena.

Ricardo Fontenla miraba fijamente y de lejos, ausente, de viaje una temporada en el infierno a la búsqueda de las secretas palabras de poeta.

Benito hablaba por los codos sin esconder sus manos callosas y agrietadas, demasiado estropeadas de tanto yeso en las paredes. Cuidaba con tenacidad infantil sus preciados rizos rubios que hacían juego con sus sonrientes ojos azules.

sin palabras

Esta semana las palabras se escaparon sin permiso. Buscaba entre las líneas en blanco de mi cuaderno azul, dentro de la caja de las medicinas -tal vez atacadas por algún virus de moda estuviesen en plena convalecencia entre los prospectos del Paracetamol o las indicaciones del Espidifen-. Bajé los viejos cuadernos del altillo del armario, y escudriñaba entre la memoria de las oraciones y vocablos. Husmeaba debajo de la almohada..., ¡nunca se sabe! estas mujeres se atacan de los nervios y luego se les pegan las sábanas, pero no, el insomnio no había pasado por aquí. Muda y taciturna trabajaba todos los días, charlaba con voz de otros días sin tener nada que decir. Rastreaba entre las huellas de los mirones de la plaza. Sin palabras entre los árboles de la plaza de los Bandos daba vueltas entre las losetas de piedra pisoteada, indagaba entre las letras sangre de toro del patio de Anaya, rebuscaba en las estanterías de Las Conchas, y entre el crujir de la madera y las voces de los poetas encontré a los autores:
"Tenía una especie de sed que nunca se saciaba. En su rostro, sus movimientos, su voz, había algo que reflejaba su sed. [...] Y todavía parece sediento. (Existe una expresión que verdaderamente ilustra la sed de Ben Hur: “abrasado de sed” [Is 5:13].)
¿Sediento de qué? Ojalá lo supiera.
Gente como ésa quizás esté condenada a vagar durante toda su vida por un desierto interior, entre áridas dunas amarillentas, arenas movedizas, soledad. Muchas aguas no lo apagarán, ni lo bañarán los ríos. Como cuando era niño, ahora todavía siento cierta fascinación por esa clase de personas, pero con el paso de los años he aprendido a intentar cuidarme de ellas. O no de ellas, sino de mi fascinación por ellas." Una pantera en el sótano. Amos Oz.

"Quien quiere un juguete
No lo vendo por travieso
ni porque a nadie ofende
es alegre y juguetón
y por las niñas se pierde
Niñas, guardaos de enojarle
que vive dios que arremete
y cuando estéis más seguras
por vuestro postigos entre.

Que ni hiere, ni mata,
ni pica, ni muerde.

Es alegre a todas horas
y amanece o no amanece
hay vecina que daría
cuanto tiene por tenerle.
Porque le conoce ya
y porque son más de siete
las noches que por pecar
ha amanecido a la muerte.

Que ni hiere, ni mata,
Ni pica, ni muerde.

Es su condición tan noble
que cuanto más furia tiene
las niñas juegan con él
al juego del esconderse
a mí me daba Juanilla
la esposa de Antón Llorente
una hora de descanso
por un palmo del juguete."
Luis de Góngora.