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Emma B. El diario de una chica de provincias

museo mausoleo

La verdad, ni sabía dónde estaba Morille. Es más, cuando recibí la invitación de Domingo para la inauguración del "Museo Mausoleo", el sábado 17 diciembre, descarté, de un parpadeo, asistir al nuevo sarao pensando que quedaba lejos, por la sierra de Béjar —sí, lo sé, un cero en geografía de Charry Land y un latigazo—. Pero mi amigo, el charro-casado, me aclaró que estaba a quince minutos, aquí al lado. El sábado entre sábanas y ensoñaciones del despertar, ante una mañana de compras a codazos y éste no sabía muy bien qué "Museo Mausoleo" a inaugurar, me pudo mi curiosidad femenina, lo reconozco.

Después de memorizar el plano de carreteras provinciales para no perderme por el campo charro y acabar en la presa de Urueña, me planté en Morille en un periquete, hecha una afrancesada chica casquivana, justito para oír los reclamos de Fernando Castro y participar en la comitiva fúnebre integrada por la banda de música de Villamayor, los paisanos del pueblo, periodistas, algún político, guardias civiles, artistas y otros varios sin clasificar, todos muy bien dirigidos por un precioso carruaje fúnebre de madera vetusta, algo reseca, tirado por un caballo percherón bien renegrido que aguantó como todo un estoico los discursos de los creadores del acto: Fernando Castro, Domingo Sánchez Blanco y Javier Utray. Las referencias al significado de los enterramientos en urnas tan bien relatados por Sir Thomas Browne, a las diferencias con los enterramientos de coches de Vostell, y con el cementerio de coches de Arrabal, a anteriores proyectos de Domingo como el viaje a Paris para conocer al filósofo, a la obra de arte como producto un acto de amor e irritación —esto último de Utray me ha gustado mucho—, nos situaron un poco a los profanos en cuestiones artísticas y a los que, como reconoció el Alcalde de Morille en su discurso, "no entendemos el arte moderno, pero intentamos comprenderlo".

En la estepa devastada, de lejanos horizontes, en un alto con vistas y con encinas al costado quedaron enterradas las cenizas del filósofo Pierre Klossowski mientras los acordes del pasodoble torero calentaban los oídos en una mañana luminosa de azul frío. Y en la profunda fosa de hormigón reposa el pontiac de Javier Utray, con una enorme losa de hormigón encima y este epitafio: “P.I.P. on TIAK. La grand prix. En escribir una lápida se le va media vida a uno. Duro marmolillo.“ Aunque, tal vez no repose y simplemente descanse, ya me lo dijo el paisano mentón afilado y nariz apocada, al ver las gotas de agua condensadas en el interior del cristal de la losa: “Mire, señorita, que pronto las gotas en el cristal, a lo mejor aún respira.” Este golpe de humor británico en pleno Morille, francamente, no me lo esperaba. Y no pude menos que dedicarle la mejor de mis sonrisas y una cómplice respuesta: "Seguro, aún está vivo, no le quepa duda".

en el café

en el café

George Grosz

"En el lejano sur, la bella España".


George Grosz: Un hombre triste y feroz

Mario Vargas Llosa


vísperas

Se está bien en provincias, lo reconozco, a pesar de mis pataleos y despertares melancólicos. Los días trascurren sin sobresaltos y previsibles: los plátanos de Indias sin hojas y con las ramas de lunares blancos; mi querido Lanzarote ha limpiado, una vez más, el medallón del Caudillo —esto ya tranquiliza, nos reconcilia con el devenir navideño—; este año toca arbolito en la plaza Mayor con grandes bolas rojas y unos lazos “palabra de honor” que quitan el hipo. Los Villancicos son la única actividad cultural que programa la señora Labrador —alias la moños—. Ya me lo dijo el moreno rapado a la salida del concierto Joachim Kühn: “¡Ala!, a partir de ahora villancicos”. ¡Qué razón tenía el angelito!

Sí, se está bien, lo repito. Sin embargo, de vez en cuando necesito largarme, perderla de vista, alejarme de todas las piedras y volver de noche, más bien tarde, entrar por la carretera de Madrid, y descubrir entre el vacío de la noche la catedral, luminosa y fría, aislada y nítida. Observar desde la otra orilla el perfil de Salamanca. Observar: sí, todo está bien... El Tormes transcurre, todo fluye y el “arte sucede”.

festivo

festivo

Es tan temprano y tú ya me despiertas,
no me dejas dormir, algo sucede.
A ojos cerrados busco la ventana
para mirarte a ti mientras los abro.
Te digo que estás bella como nunca,
así, sin arreglarte aún el pelo,
rodamos en un beso cama abajo
y siento que estás viva de milagro.

Comienzo el día, así como si nada,
Apretado a tus pechos, pidiéndote café y amor.
Comienzo el día, aún alucinado,
los ruidos suenan lejos a esta hora turbia.

Afuera la gente hace lo suyo por vivir,
afuera la gente quiere averiguar,
afuera la gente habla del amor,
afuera me están llamando.

Comienzo el día y antes de que me hables,
ya te hecho mil promesas que no voy a cumplir.
Comienzo el día y al mirar hacia fuera
me entra como un mareo y tengo que sentarme.

Afuera la vida apenas comenzó,
afuera todo tiene que cambiar,
afuera los lobos son lobos aún,
afuera hay que salir armado.

.../...

Comienzo el día, aseguro las llaves,
Registro mis bolsillos en busca de monedas.
Comienzo el día y aún detrás de la puerta,
te pido un beso fuerte para salir al sol.

Afuera comentan la televisión,
Afuera el sindicato discute una ley,
afuera la patria está por reventar,
afuera me están llamando
y voy.

Daniel Viglietti. Comienzo el día (Noel Nicola).

7 de diciembre

7 de diciembre de 1999
El tiempo es una espuma en el aire, una flor derretida entre el humo de tus párpados infieles. El corazón late desnudo en el infierno cotidiano. No puedo esperar el fin. No deseo el fin, tan sólo el querer placentero, risueño, sin fin. No deseo alas de pájaro. No deseo el tridente de Poseidón, ni el amor de Afrodita, tan sólo el placer de una tarde de otoño. Mi verbo es escueto y flácido, se rompe a retazos con quiebros inútiles. No busco el placer desesperado de una noche ni el ardor fugaz de una tiniebla, tan sólo tu sonrisa tenue en la distancia.
Siento tu presencia lejana, siempre a lo lejos, perdida en la noche, perdida en esta niebla invernal. Busco un resquicio de compasión.

7 de diciembre de 2005
El viento es el que golpea,
la mano es la que recuerda,
la voz es la que vigila,
y la mirada olvida en un golpe de suerte.

she's a rainbow

A veces las sorpresas te ponen la cabeza a pájaros, sopla el entusiasmo y este airón carnal despliega las velas risueñas del galeón... Y sientes que caminas por el lado soleado de la calle.

Otros días los hechos contundentes arriman el ascua a su sardina, y tozudos se abalanzan una mañana gris de un frío que se hielan las palabras... Y acabas a Dios rogando y con el mazo dando.

En apenas un par de horas, unas imágenes te estremecen y dejan un gusto desabrido con el cuerpo al aire. Un aire salobre y húmedo, frío e inmóvil como el de aquella plataforma petrolífera. Y con la visión de aquel hombre ciego que recibe el regalo de la aterida Hanna y sus heridas, vuelves al recuerdo de la ceguera infantil, a los recuerdos sin imágenes, que son recuerdos porque te los han contado, niña. Recuerdos para los que no hay olvido. Y lloras pero no tienes palabras, tan sólo te queda el placer.

Un día después, el destino se levanta generoso y regala ocasiones: cae en tus manos el genial artículo de John Berger —El País, 25 de noviembre— sobre “La vida secreta de las palabras”, y sabes que has comprendido y él sabe contarlo:

“Hoy, sin embargo, en el modo de pensar de los ricos y en los medios de comunicación que ellos controlan, ha quedado abolida toda noción de martirio y ha venido a sustituirla la de exención. Esa exención del dolor y de la violencia que parecen proponer, en primer lugar, el dinero y luego todas las falsas promesas del consumo. En esta película no hay ese tipo de exención. Por eso nos identificamos con ella.
Tampoco se rinde en ella culto alguno al dolor. Sencillamente se ofrece una visión de cómo a veces el sufrimiento conduce a una salvación compartida, que nunca es simple, que nunca es mera palabrería. Antigua. Algo que suelen descubrir quienes no tienen poder.”

Berger habla del sufrimiento y del don de la vida en la película de Isabel Coixet, personalmente te quedas con sufrimiento y placer.

Por minutos, todo un día repiten el mismo slogan: Hoy, día mundial del sida, ...millones afectados en el mundo por el VIH, ...en España. Comes y siguen repitiendo: ...nuevos casos este año en Salamanca. Friegas y comentan: ...retrovirales de India para Sudáfrica. Chateas y escuchas: ...terapia experimental con inhibidores de la integrasa para el sida. Te sientas y piensas que alguien camina por el pasillo del hospital para hacerse con sus dosis de Fuzeon y terapia combinada. Mientras tanto, por años Africa piensa que violar a una niña cura el sida.

Esta mañana, una duda de domingo y de antes de desayunar me atraca: ¿La bolsa del pan tostado va al contenedor del papel o de los envases? Esta vez me inclino por los envases.

Rita en la montaña turca

Como con mi amiga Rita una ensalada más bien sosa en el delicioso patio del Delicatessen —lo que casi me cuesta una gripe— y me cuenta su calamitosa expedición veraniega a Turquía. Tal viaje turístico consistió en unas seis jornadas de senderismo por los montes de la Capadocia, cargando con la mochilita y durmiendo de acampada, aparte de los días de estancia en Estambul y en otra delicia turca. Cómo viajaba con su amiga belga, que contrató el viaje con una agencia francesa, rápidamente imaginé una estupenda excursión de europeos fashion y alternativos.

—¡Huy!, trekking y con guiris, genial, todo chicos guapos. ¿Habrás ligado un montón? —le pregunto ansiando conocer los pormenores de sus aventuras con algún holandés errante (los guiris: mi debilidad, lo reconozco).

Silencio y vuelta al rizo negro que acolcha su mirada perdida. En su clásico binomio inferencia-deducción de científica, mi amiga pensó que tenía todas las variables en la mano, y que no sé cuántos días de caminata en plena naturaleza bien valdrían alguna bonita historia de amor en la que refugiarse durante el mohoso invierno de su ciudad. Pero, una vez más, resultó la profecía que se cumple así misma, y en el grupo tan sólo dos hombres: un francés –con novia presente, por supuesto- y el guía, que para colmo era un turco borde y misógino. Sí, un montón de guapas europeas de senderismo por la Capadocia.

—Bueno, el francés era encantador y, como el guía era tan borde produjo un efecto rebote y se estableció una especial comunicación, más solidaridad entre nosotras. ¡Uff!, después de aquellas jornadas tan largas... Y el paisaje, maravilloso, sin rastro de civilización. —Y con sus manos de sabia delgada se explaya en desenvolver las bondades y bellezas del paisaje, en la maravillosa experiencia de la dureza del camino, de luchar con tus límites para seguir y no quedar atrás, en las heridas y los dolores, en el esfuerzo y el cansancio.

—Sí, contado así hasta es atrayente —le digo con estos ojos compasivos que Misombra me presta para las ocasiones—. No sé, chica, pensé que estos europeos serían diferentes. En mi clase de inglés sólo hay chicas, una ruina. Aunque, ya sabes, esto son las provincias. Pero ya veo..., si es turismo de aventura porque es eso, y si es el inglés porque es estudiar. No sé... ¿Qué hacen? ¿Dónde se meten?

variación

En el remanso del aire

bajo la rama del eco.

 

El remanso del agua

bajo fronda de luceros.

 

El remanso de tu boca

bajo espesura de besos.

 

Federico García Lorca: Primeras canciones. 1922  

 

 

 

los días

los días

Las horas liquidan su registro  entre  liquidez inmediata, usuarios, registro, prudencia contable, provisión de fondos, gestión continuada, servicios, memoria, anualidad, imagen fiel, ajustes, ejercicio, herramienta, periodificación, valor residual, operaciones, diferidos, reclasificación temporal, desviaciones, inmovilizado, demérito, corto plazo, valores, insolvencias, devengo, plan, precio de adquisición, financiación afectada, operativa, provisiones, valor venal, imputación de la transacción, solvencia, endeudamiento, saldos, anticipos, indicadores, caja, esfuerzo inversor,  gasto diferido, provisiones, regularización y cierre.
La noche cancela el saldo amapola de tus ojos.

20 noviembre

¿Desde cuándo le ha dado al PP charro por los asuntos exteriores? ¿A qué viene esta desmedida afición de los gerifaltes provinciales del  PP por los viajes a Argentina? Financiación partidista, ¿tal vez, donativos anónimos? No hace  un mes  la señora Presidenta de la Diputación con séquito y viandas disfrutó de un   viajecillo por  la tierra de los “ches”, y ayer mismo mi Lanzarote ha regresado de su viaje hecho de un “porteño” de pro, experto en  tango  y bandoneón. Cualquier día de estos contesta en el pleno las preguntas del sosín de Fernando Pablos  con aquello de “Tomo y obligo...”, y  si no al tiempo.

Claro que las vueltas a la realidad son duras, y recién llega mi Lanzarote  se encuentra con que le han vuelto a ilustrar en rojo el medallón  que el Caudillo tiene en la  plaza Mayor.  Él que tan limpito y lustroso lo  había dejado para la Cumbre Iberoamericana  y ¡zas! ,  una vez más,  botecito de pintura al canto. Si es que son unos vándalos...., precisamente ahora que se cumplen  los treinta años de su muerte, se lo tienen que embadurnar con saña.  Con lo adecuado del medallón  en esta plaza Mayor, testigo de las arengas del de Ferrol a los capitalinos una vez instalado su cuartel general en el Palacio del Obispo frente a la Catedral nueva –siempre con tutela de los cielos, el general-,  y muy cerca del paraninfo de la Universidad donde el  general Millán Astray  —un bohemio del patriotismo— interrumpió el discurso del rector Unamuno con su agraciado grito de guerra: “¡Muera la inteligencia!

cristina

cristina

Desde mi camita he visto caer la nieve temprana hecha migas desmenuzadas, y he pensado: “¡Oh, esto es el paraíso!”, hasta que el nubarrón negro de la memoria ha colado su recuerdo entre mis ensoñaciones y me ha mantenido en vilo el resto del domingo.

Ahora, ya cerca de desvelar el asfixiante misterio, nerviosa y apresurada cruzo la plaza de España. La banderola patria agita los gualdas al ventarrón del atardecer lluvioso.

—¿Habrá resistido? Tal vez un mal golpe se lo ha llevado por los aires.

Mi curiosidad enciende los pies ágiles, y abre la espita a las dudas torbellino que envueltas y revueltas quiebran mis manos heladas.

—¿Seguirá allí? Las últimas ventiscas lo habrán arrancado, seguro. No creo que haya aguantado las pesadas lluvias, ni la nevada otoñal. Es frágil… —pienso en un ir y venir de voces y pasos acelerados.

Los pensamientos amarillos de la medianera de la avenida de Mirat aúllan con grito de pétalo helado: “No está, no está, ha volado...”. Temerosa y agitada doblo la esquina de Pérez Oliva, camino atropellada calle arriba. Sonrío, busco con la mirada impaciente. Imposible distinguir desde aquí. No puedo ver claro. Acelero. Sí, ahora, puedo verlo, ahí continúa: el cartel pequeño pero firme, bien atado a los férreos barrotes negros del balcón, algo doblado y maltrecho por las lluvias, los vientos y las noches heladas, por las noches sin ella. Ahí sigue, cerca y lejos, a siete metros sobre tierra, en el primer piso del número siete, encima de la whiskería Orquídea y frente al roñoso taller mecánico Auto. Ahí permanece altivo, enhiesto, testigo de las noches perdidas, cutre y maravilloso este cartón de embalar, de un marrón mortecino más adecuado para un panfleto maoísta que para precioso pendón de tan rotunda y transparente declaración de amor: 

  “Cristina te quiero”

—¡Uy, qué alivio! Menos mal… Sí, ahí está todo: las telas descoloridas, marco desteñido a tan tierna confesión, las menudas flores negras y alargadas —más bien cursis—trepando entre las marcadas letras negras, y la cuidada caligrafía de las tres mágicas palabras. Y un delicioso reguero de sensualidad me recorre el espinazo.

Desde luego, estoy hecha una sentimental. Cabizbaja y pensativa, me dejo llevar hacia la plaza de El Charro. Camino torpe con unos cuantos ovillos de preguntas entre las piernas: ¿un amor no correspondido?, ¿anónimo?, ¿lo habrá visto Cristina?, ¿qué clase de tipo cuelga en el balcón su íntima declaración?, ¿desde cuándo?, ¿sucumbirá Cristina ante tal mediática confidencia?

la décadanse

Vuelve a intentarlo, ahora acerca su cabeza  a la copa  del dry martini y con su nariz de ingenua bordea el filo de la copa. La mujer de blanco aspira con fuerza, de un trago inútil; los aromas  del  Noilly Prat  se resisten,  ocultos, atrapados entre un hielo que rueda cañerías abajo. Tan sólo el olor lejano  y ardiente del hombre de azul le habla con claridad.  La mujer apoya sus pies con firmeza en la barra metálica del taburete y con un ligero impulso  yergue las contorneadas caderas  y  estira  el escueto vestido de alpaca, en un inútil intento por evitar que sus broceadas  piernas se conviertan en el único abrazo de la mirada del hombre de azul.  

              Tourne-toi               
               Non
               Contre moi...

El hombre de azul apenas  ha articulado dos conversaciones pero ha empinado  tres  margaritas en cinco sorbos, y sus ojos de escualo enredado han  encontrado  la  presa ansiada.  Anclado a aquellos pies largos de dedos proporcionados, felices entre las tiras de piel de las sandalias negras, estremece el deseo en un vaivén de trapecio.                 

               Et danse
           la décadanse…


La melodía de susurros cadenciosos oculta  el tic-tac del reloj cromado.  La mujer siente  calor..., más calor;  un infierno sellado a punto de explotar colma de espanto su cabeza.
—Sí comer algo me vendría bien,  sí volver al principio, empezar. Sí desayunar estaría bien, me sacaría de este cuerpo enroscado y cabeza tambaleante.
Una red de manos invisibles aprisionan los pies de la mujer,  una caricia  en la mirada estrecha el cerco del hombre que desea.   

                    Reste là derrière  moi,
                    balance
                    la décadanse
                    Que tes mains frôlent mes seins et mon cœur qui est le tien…


El hombre levanta ya sin prisas el que sabe su último margarita, como un tigre aúlla recordando la luna  lastimera en la noche lejana. Afuera la lluvia moja el ocaso y un  lacónico olor a hierba mojada acaba de colarse entre las rendijas de la puerta giratoria. Los pies inmóviles de la mujer de blanco mecen su alma  perdida como el ingenuo deshoja la margarita.  Los pies de cielo abierto lo engullen  entre el espanto y la belleza de los recuerdos malditos.  La mujer  encorva los dedos del pie derecho con gesto hastiado  y agita el meñique adormecido por melodiosa voz de la Birkin.  El hombre la mira a los ojos con rostro  de dios  extraviado,  y  en fugaz gesto atrevido se lanza sobre el pie derecho, con impacto contundente y dientes de tiburón arranca los dedos del pie. Atrás queda un muñón y una víctima aterida  descalza ante la barra del bar. 
 
                       La décadanse
                      A bercé nos corps blasés  et nos âmes égarées...
 
 Y  "Lo demás es silencio"  y nieve temprana.

la décadence

Decadencia, resistencia,  decadencia,  lluvia, alegría,   verano, abrazo, piel, calor,  hielo,  más calor,  sudar,  infierno,  oculto,  personalidad,  amiga,  hablar,  escuchar,  sentir, oler, hierba, espalda, dedo,  estremece,  soplido,  aúlla,  luna,  infiel,  amar,  bebe, futuro,  sellado, abierto,   mano,  cuerpo, enroscado,  montes, senderos, inicio, principio,  desayuno,  soñar,  sonrisa,  pequeña,  caricia, sincera,  cara, rostro,  alma, cadena,  atrapa, red, trapecio, tigre, espanto, belleza,  ingenua, margarita,  deshojada, agua, corre,  océano, evapora, empapa, lluvia,  calor, dios,  nube, deshace,  construir, nuevo,  incierto,  decadencia. 

"La luz diurna más deslumbrante, la racionalidad a cualquier precio, la vida lúcida, fría, previsora, consciente, sin instinto, en oposición a los instintos, todo esto era sólo una enfermedad distinta y en modo alguno un camino de regreso a la vida, a la salud, a la felicidad. Tener que combatir los instintosésa es la formula de la décadence mientras la vida asciende, la felicidad es igual a instinto." Friedrich Nietzsche. El ocaso de los ídolos.

dry martini

dry martini

Lentamente, sin prisa y algo agitada hunde la aceituna en el líquido transparente; levanta los ojos ceniza de la copa, y enrosca un mechón del pelo negro en su dedo índice. Al fondo,  el gran reloj cromado marca las seis y diez; todavía no ha oscurecido. Son los únicos clientes en la barra de Chicote.  La mujer de blanco revuelve de nuevo, ahora en sentido contrario mientras observa como el barman termina de agitar la coctelera y vierte con suculento cuidado el margarita en la copa del hombre azul.  

—Sabes, el dry martini también era la bebida favorita de Buñuel. Incluso tiene su propia receta. Dice que hay que poner en la nevera, de víspera,  todo lo necesario : copas, ginebra, coctelera, vermut, etc. El hielo ha de estar a unos veinte grados bajo cero; todo un experto.   

—¡Ya...!, muy de especialista, los veinte bajo cero —entona con sorna el hombre azul observando a trasluz la estilizada copa de champán.

—¡Ah, deliciosa! —susurra  La mujer de blanco después de morder sin dientes la aceituna—. Primero, sobre el hielo bien duro echa unas gotas de Noilly Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agita bien y tira el líquido conservando  únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierte la ginebra pura, agita y sirve. Insuperable, lo he probado.
 
—“Diablos, nunca debí cambiar el escocés por los martinis”, —masculla entre dientes el hombre azul mientras la contempla helado y confuso, después de beber el margarita de un trago. La mujer de blanco  huele la copa con fruición tratando de encontrar los restos del Noilly, la angostura o el aroma oculto del hombre azul. 

noviembre

Una de mis debilidades —vino y chocolate, aparte— son las chicas rebeldes. Mujeres inconformistas,  artistas-intelectuales de vida agitada, que se adelantaron a su época,  fueron más allá de las convenciones del momento. Y de entre ellas una de mis favoritas es Lou Andreas-Salomé. Así que cuando en la biblioteca de Las Conchas, por una de estas casualidades del destino, me asaltó desde un estante su autobiografía,  Mirada retrospectiva. Compendio de algunos recuerdos de vida,  la pillé cual ávida morfinómana.

Pero en estos momentos ya cargo con la desilusión. Su escritura es lenta, densa, sin agilidad  ni  fluir, repleta de vericuetos y sombras. Largas frases que se retuercen, de las una necesita un candil para comprenderlas a la segunda —ya se sabe, las torpes—. La he terminado a vista de pájaro, visualizando con la mirada sombras de palabras y perfiles conceptuales. No me ha gustado.

A rescatar:

La definición que el señor Freud le dio a su amiga del psicoanálisis, mas propia del señor Allen —Woody— que del  ilustre creador de tal disciplina. Ella lo cuenta así:

 "En momentos en que él mismo experimentaba repugnancia, me expresó su asombro de que a pesar de todo  yo siguiese tan profundamente fiel a su psicoanálisis: “porque yo no enseño otra cosa que a lavar la ropa sucia de la gente”."

La poesía que su gran amigo Rilke le escribió:

Extíngueme los ojos: puedo verte

Tápame los oídos: puedo oírte

Y aun sin pie puedo ir hasta ti

Y aun sin boca puedo conjurarte.

Arráncame los brazos:  te toco

Con el corazón como con una mano

Arráncame el corazón: latirá el cerebro

Y si al cerebro prendes también fuego

He de llevarte entonces en mi sangre.

La poesía de Heinrich von  Kleist  citada en los comentarios, de asombroso parecido a la anterior. 

  Quítame

los ojos, lo oiré; los oídos, lo sentiré;

quítame también  el tacto, lo seguiré respirando;

quítame ojos, oídos, tacto y también olfato,

Arráncame todos los sentidos y concédeme el corazón:

me habrás dejado entonces la campana que necesito

y en un mundo entero llegaré a encontrarlo. 

            Muy propias para este día de difuntos gris y tristón, con flores blancas y claveles rojos sobre tumbas recién fregadas, y churreros a la puerta del Cementerio.

yumehi’s theme

Estos últimos tiempos  una canción me obsesiona —es mi vicio—. Primero conseguí el Cd, y  sus notas comenzaron a espolvorearse por toda la casa,  vagaban a trompicones entre los cantos de los libros, se descolgaban  por  la red del atrapasueños o merodeaban entre las bolas chinas. Estas raciones no fueron suficientes. Ahora tengo la solución perfecta: me voy a su página web y allí puedo escucharla una y otra vez. Mi canción suena sin interrupciones, sin oquedades, sin fin, ad infinitum.
 
Mi canción tiene un vaivén de olas  verdes, agitadas,  un ritmo cadencioso y penetrante. Mi  canción lluviosa  resuella melancolía entre las notas  azules que se descalzan para secarse. 

Aunque, según leo en  YO Dona, la señora Ainhoa Arteta declara: ”La melancolía es una perdida de tiempo”.
—¡Ah... !  ¿Entonces para qué cantar “una furtiva lágrima”?, por ejemplo —me pregunta Misombra con pálpito de cínica—. No me creo su "soy pasional".
 
Y la melodía suena una vez más en el ordenador, resuena en mi cabeza, me asalta entre las fuentes de las herramientas del Word, ocupa los interlineados, rellena los formatos. Mi canción se repite una y otra vez, sin fin. Los resquicios para el amor son escasos.

in the mood for love

in the mood for love

Leo en la muy seria y profesional web de la BBC que,  el pasado fin de semana, cinco mil chinos sin pareja se reunieron en un parque de Shangai para el gran fiestorrón de las citas rápidas. “¡Anda, mira!,  estos chinos que bien se lo montan” murmuro entre perpleja y admirada.  Que no tienen  tiempo para encontrar el amor de su vida, pues nada se montan un sarao de miles y el que no encuentre no será por abundancia, ni por oportunidad.

Si uno es muy tímido, no hay problema,  un "Cupido" podía entregarle a la persona elegida la rosa o un mensaje.  Sí, todo muy pensadito: acceso exclusivo para universitarios de 20 a 45 años, y  entrada con rosa incluida —en lugar de la consabida copa, tan hispana— para regalar al  elegido. Todo muy japonés.  

Si en China se fueron al parque con rosita en mano, entre risas, bailes y juegos para buscar al amor, en Charri-City, el pasado fin de semana, miles de torpes buscamos un apaño —amor a primera vista, en fino—  botando de bar en bar,  hechos un pincel con las recién estrenadas galas de la nueva temporada otoñal, machacamos bien el hígado, bizqueamos a ratos, renqueamos ensordecidos por la música ambiente, echamos tejos a diestro y siniestro, venteamos las anginas hasta la ronquera y pasado el equinoccio de la noche llegamos a las rebajas de ¡ya son las 4 y nada!?  Eso sí,  ni una conversación inteligible.

Creo que unos cuantos —una toneladas de cuantos— necesitaríamos otra fiestecilla de singles para arreglarnos este centro de ingravedad  permanente que nos traemos. A ver, si con un poco de suerte mi querido Lanzarote, o el señor Estella, toman nota del invento “cultural” chico  y nos montan un festival de citas rápidas en el parque de los Jesuitas, ahora que el  “2005, Plaza Mayor de Europa” ha finalizado y antes de que el frío ocaso invernal nos acose. Tal vez así los forties  podamos sobrellevar más contentos la gripe del pollo —ya encima— con el tan celebrado calor de pecho ajeno, además de ahorrarle unos duros al maltrecho sistema sanitario. Sí, todo son ventajas. ¡Qué no se quejen!  

el hombre melancolía

el hombre melancolía

El hombre melancolía usa perilla pero no sombrilla, y las penas le llueven grises,  sin descanso. Cada día una nueva tristeza le abate desde las zapatillas felpudas.  Sube despacio, mustia y mohína desde la planta de los pies, fémur arriba, hasta asentarse en la barriguita, bien adentro entre los pliegues melosos del estómago.  
 
El hombre melancolía siempre trabaja, no descansa, tanto abatimiento da mucho que hacer. Trabaja bien duro con las  murrias, las bate con melisa y una pizca de insomnio,  las amasa suave con palabras y las tiende a secar entre las adidas rojas y la camisa negra.
 
El hombre melancolía teje una manta de palabras al abrigo de la languidez lluviosa del jueves santo. Cavila, desteje, intriga, deshila,  y de tanto urdir el tedio la pesadumbre corre por las canales, baja por los sumideros, rebosa por las alcantarillas y va a parar al mar helado de las zangarrianas.
 
El hombre melancolía levanta la vista, templa los  enormes ojos azules, levanta la tapa del occipital y de un golpe, seco y metálico arranca el prendido flato de la temporada otoñal. De nuevo, asienta la cabeza trasquilada, acaricia la perilla y abre la sombrilla: “El sol de otoño no me sienta.” 
 

Misombra's back

No es fácil seducir a una dura-mimosa. Sí, seducción era lo que necesitaba Misombra después de la rabieta que montó cuando nos fuimos a la playa adejeña. Las duras-mimosas necesitan cuidados especiales: una no puede atacar con toda la artillería de carantoñas y lindeces, a lo cubano; sus gritos ahogarían hasta los nenúfares. Es una tarea ardua, para mentes bien equipadas y equilibradas, y con suficiente capacidad de planificación estratégica.

Le dejamos el regalo canario —un precioso atrapasueños— colgado de su ventana, sin esperar las gracias, ni cualquier comentario casual. Así fue, mutismo. Pocos días más tarde, colocamos sus bombones favoritos entre los cactus del salón —desde aquella convertidos en su nido—. A los dos días la caja de los Godiva estaba vacía, con arañazos en la tapa, y sus ojillos brillaban de placer sensual.
Aquel tufo a rencor rancio que cortaba el resuello al entrar en casa, se lo tragó con el chocolate. La mañana de los helicópteros, su pensamiento traspasó mi mente, y antes de que pudiese darme cuenta la voz de Jim Morrison le ayudaba a extirpar los pinchos que infestaban sus escuálidos miembros. Entre ayes canturreaba: “This is the end... the end, my only friend”. Comprendí el mensaje: el principio del fin; ahora dejarla hacer con calma, y sobre todo tener siempre a mano el guante de terciopelo rojo.

El viernes cocinó berenjenas con pasta. El sábado la invité al teatro —se desternilló de risa con el “Colon en la barraca” de los Corsario— y se achispó con el Ribera del Duero.

De madrugada, al entrar a oscuras en el portal, me confiesa: “Niña, te llamó el de Murcia hace semanas, pero le dije: Ella ya no vive aquí”. Casi la pisoteo y la estrujo, me pongo el guante de terciopelo, abro el buzón, y tan sólo le susurro: “Ah..., pues al móvil no ha llamado...”. Siento su mano húmeda y temblorosa entre mis dedos.

cumbrísima/4

Hasta Charri-City ha llegado la sombra alargada del amigo americano para desteñir el colorido de las conclusiones de la cumbrísima, y los gerifaltes se han plegado sin rémora alguna a los runruneos de pasillos, no vaya ser que: afecte al Plan Colombia, el FMI se enfade...

Lo que no se ha desteñido, a pesar de las lluvias y ventiscas, es el jardín japonés que han plantado en la fuente de la puerta de Zamora. Está desconocido, hecho un primor de diseño de la nueva jardinería. Tan acostumbrada me tiene el jefe de parques y jardines del excelentísimo a la tradicional sosez, horterada, es más, mal gusto de sus jardines que tal derroche de sencillez, elegancia y gracia, con sus pensamientos morados y blancos, la gravilla de cuarzo lechoso y los arbolitos de temporada: abetos enanos y mini-pinos, me tiene embelesada y no dejo de admirarme cada vez que paso por la placita. ¿Será nuevo el jardinero jefe? ¿Lo habrá mandado, mi Lanzarote, a algún cursillito de reciclaje por la pasada Cumbre? Embobada estoy.