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Emma B. El diario de una chica de provincias

el pollo

La lluvia repiquetea en la ventana y la humedad se cuela entre los tulipanes y la escuálida adelfa que dormitan en el balcón ateridos y temblorosos por el norte implacable. Aunque, al menos me libro de otro fin de semana atrapada en el mundo de blancanieves pero sin enanitos a los que atosigar un rato. Es sábado, me he levantado tarde, entre gramo y gramo de cafeína enciendo las sinapsis neuronales y logro untar la mantequilla de higos en la tostada y minutos más tarde cuando ojos y cerebro sincronizan leo en La Gaceta que la venta de pollos enteros ha descendido un 20% sin embargo no ha bajado el consumo de huevos ni de pechugas. Vuelvo a leer el titular: “El consumo de pollo entero cae, pero no las pechugas” pensando que no había atado todos los cabos de los titulares y la entradilla. Algo similar pasa con el pollo asado, ya no comemos pollo de asador, a juzgar por los datos. Perpleja no sé muy bien qué pensar, parece que ha entrado la paranoia general de la gripe aviar pero a rachas: no tomamos pollo entero, pero sí a trozos o sus derivados. Parece que nuestra sesuda cabecita ve al difunto de cuerpo presente, sin mutilar, y en un rápido reflejo piensa: ¡zas! pollo–gripe aviar-gripe mortal, y sin más salimos corriendo de la sección de carnicería. Pero a tres pasos, ni dos pasillos más allá del Gadis, nos encontramos con las estanterías repletas de bandejas con pechugas de pollo, de pavo, etc., tan blanquitas y bien colocadas, y tres bandejas de golpe para el carrito de la compra semanal. Algo así nos sucede cuando caminamos por la selva y vemos entre los matorrales una cuerda pintada de amarillo y negro simulando el estampado de tigresa que se agita a lo lejos, salimos de estampida sin más. No paramos a pensar lo que estamos viendo, nuestro cerebro asocia rápidamente tigre-peligro y en su afán de supervivencia nos lanza a doscientos por hora en dirección opuesta al falso tigre. Con este ejemplo Francisco José Rubia ejemplificaba su tesis de que el cerebro nos engaña y quizás pueda añadir este comportamiento absurdo de los consumidores a su colección. Sí, sin duda, Rubia tiene razón nuestro cerebro nos engaña, vemos al pollito sin descuartizar y salimos corriendo: aunque no lo acabo de comprender, la verdad, siempre pensé que a la gripe aviar le daría lo mismo que, una vez contagiado el pollito, lo tomemos entero, descuartizado o pelado, pero ya se sabe recién levantada y sin duchar no tengo los hemisferios para pensamientos de hondo calado.

horizonte helado

horizonte helado


“Es una noche de invierno.
Cae la nieve en remolinos.”

“La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.”

“Es una noche de invierno.
Azota el viento las ramas
de los álamos. La nieve
ha puesto la tierra blanca.
Bajo la nevada, un hombre
por el camino cabalga;”

“El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa.”

“Nadie elige su amor. Llevóme un día
mi destino a los grises calvijares
donde ahuyenta al caer la nieve fría
las sombras de los muertos encinares.”

“sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...”

Antonio Machado

de rebajas

de rebajas

Antes me gustaba ir de tiendas para dar rienda suelta a mi voracidad femenina de coqueta irredenta y, además, me servía de terapia –algo cara, eso sí, pero ¿cuál no lo es?- para quitarme alguna de esas espinitas que me clavan los chicos. Pero, ahora, hay algo más, los probadores de las tiendas de ropa femenina están repletos de hombres acompañando a sus mujeres. Y esa es una ocasión piripintada para echar unos tejos mañaneros entre espejos, olores a desodorantes, gasas y franelas, pies descalzos y aromas de opio o mandarina enlatados.

Uno de los especimenes más abundantes entre esta fauna de hombres que apacienta entre los pasillos y las cortinillas es el chico "yo pasaba por aquí y ésta me ha liado...". Este ejemplar se sienta a desgana en el taburete, le empluman el resto de las bolsas de compras y cuando la doña sale a enseñarse, mira sin mirar y no opina, asiente. Este sosito no contradice las observaciones de su señora: "Me queda flojo" pregunta observando la trigueña de gafas estrechas y culito respingón. "Sí, te queda flojo" contesta el hombre percha, sin añadir nada nuevo. Es del tipo de los que aprovechan para mirar de reojo, con nocturnidad y alevosía, a las otras que se contornean o lucen sus piernas hasta la ingle tratando de ajustarse el forro de la falda, y aguza el oído para escuchar el roce del forro con la piel de la chica canela que acaba de entrar en el probador de al lado.

Luego tenemos al tipo "hombre que todo lo sabe y todo lo entiende"; éste opina con fundamento, tiene criterio propio y sabe con exactitud y sin duda lo que le conviene a su chica. Éste es muy dispuesto, rebusca en la tienda, le trae la talla adecuada de la chaqueta chanel o la blusita que mejor combina con ese "pantalón que tan buena figura te hace", le hace desistir a la rubia de ojos negros de aquel pantalón de tweed que tanto le gustaba: "Sí, muy de moda esta temporada pero, nena, no te sienta, te hace el culo plano". Éste parece que se estudia el Vogue cada nueva temporada y permanece totalmente absorto en modelar "su" personal obra de arte y no pierde el tiempo mirando al resto de damas que pululan ante los espejos hechas un mar de dudas. Sus chicas los miran embelesadas pensando la suerte que han tenido en encontrar un hombre como éste que tan bien las entiende.

Y por último tenemos el tipo que las acompaña y aprovecha para adentrarse en ese universo de intimidad femenina expuesta impúdicamente a los ojos de otras congéneres de esa manera exhibicionista como se sólo se hace en los probadores. Este es un voyeur empedernido, mira dentro del cubil de su hembra, mira fuera a las odaliscas que presumen de ombligo y se suben la camiseta hasta el sostén para terminar de aclararse con el largo de la falda -sí una cuestión de perspectiva, me temo-. Y claro con tales remangues y visiones de refajos, combinaciones y otras lindeces de ropa íntima ellos son felices, recorren el pasillo, se acercan, se alejan para tener la perspectiva adecuada de su chica y de las señoras que se desnudan detrás de esas cortinas mal cerradas. El hombre voyeur está en su mundo y tan a gusto, su vista se eterniza en la duda y en el espacio: "No sé, no me acaba de gustar... A ver, date la vuelta... Súbete la falda a ver..." pero sus ojos se despistan al ver a la sueca de piel nevada que sale del probador con la blusa sin abrochar y el sujetador azul asomando por la ranura. "Pues yo lo veo bien, me gusta, no sé..." intenta aclararse la mujer del lunar en la mejilla. El hombre voyeur recobra el aliento y se centra al escuchar la voz impaciente de su chica: "No sé que te diga... A ver..., casi mejor que te quites los calcetines y ponte los zapatos..." le replica con voz sedosa y perdida al sentir el aliento cálido de la sueca detrás de la nuca.

cry, cry, cry

cry, cry, cry

La mirada sobrevuela los tejados grises en una tarde de nubes bajas, melancolía y alambradas hasta el borde de los cielos. Los acordes lejanos de la guitarra y el bajo caldean mi pie izquierdo inquieto bajo el pantalón de franela negra. Las nubes retorcidas y punzantes, sin rumbo entre los enjambres de alambres de espino detienen el tiempo en esta lluviosa tarde de invierno: I walk the line. Veloz como el tren de Jackson y limpia como un grito en los campos de algodón de Arkansas la mirada se acerca al perfil mustio y sin fisuras del guardián en la torreta de vigilancia que con calma y precisión gira su cabeza y su rifle hacia los patios de Folsom: The man comes around. Los acordes cada vez más altos se mezclan con los gritos, las palmas y los deseos locuaces de los reclusos uniformados de un azul sin pizca de cielo. Tengo la pantalla a tan sólo unos pasos y sus imágenes son mi retina. Las oscuridad de la sala no deja lugar a los susprios y desde la butaca rosa, hundida y algo desvencijada, un fugaz viaje en el tiempo me abandona entre un cargamento de hombres ruidosos y expectantes. La música y las voces, el ritmo encendido y cargado de los pasos sin salida de los hombres enjaulados cortan el ambiente en la habitación gallinero entre las miradas y los rifles de los hombres del alcaide. La hoja asesina de dientes redondos de una sierra de carpintero nos asalta en un primer plano al compás de los acordes de la melodía que no cesa, cada vez más inquieta como las manos y los pies de los reclusos de Folsom: Folsom prison blues. El hombre de negro encorva su torso y con los ojos fijos en los dientes de sierra recuerda su infancia, a su hermano Jack, los cantos religiosos de su madre y la amargura bañada en alcohol de su padre. Es el primer concierto de Johnny, también su primera grabación después de una temporada en los infiernos, y June, la de Ring of fire, está con él, y Cash ha querido que fuese en esa prisión de máxima seguridad — después sería San Quentin— en homenaje y recuerdo a todos los presos que le han escrito y le ayudaron a recuperar el aliento tras la quema. Radiante y pletórico, The man in black sube a escena y, desafiando los consejos del alcaide, recuerda a los hombres de azul que son reclusos, les enseña con desprecio el vaso con el maloliente agua del penal, la arroja al suelo y comienza el concierto con el Cocaine Blues con June a su lado, siempre a su lado, hasta el final. JC murió el 23 de septiembre de 2003, unos meses antes había muerto June.
Durante más de dos horas "En la cuerda floja", del director James Mangold nos atrapa en la vida y las canciones del señor Cash, genialmente interpretado por el señorito Joaquin Phoenix, y en su tortuoso y largo amor por la señora June Carter, que borda la actriz Reese Whiterspoon.

mal innecesario

mal innecesario

Entrar un día de diario en los juzgados de la plaza de Colón resulta una extraña mezcla de colorido racial, idiomas y acentos encontrados, pelos atusados sin reparos de gomina, carteras de piel, y zapatos de chúpame la punta y tacón de aguja por centímetro cuadrado que te despierta de un plumazo, aún a las 9 de la madrugada, ante la perentoriedad de los plazos y de los considerandos expuestos a la vista de la audiencia. Entre el aire sahariano del ambiente, un frufrú de togas y vuelillos de encaje en blanco roto, que voltean los pliegues al aire recordando el orden de los alegatos y el chiste fácil que distraiga al testigo inconsistente, comparten baldosilla con un trío de hermanos de pelo al cepillo y melena grasienta que sin abjurar han depositado a desgana las navajas en la primorosa mesita del guardia jurado tras el consabido vaciado de bolsillos. Una vieja gitana de luto riguroso, pelo negro, arrugas tácitas e inmisericordes y ojos prietos, con un pequeño arrullado entre los restos de una toquilla que fue blanca, espera su turno en el banquillo y aconseja a Marifé por el teléfono móvil con desparpajo y por lo bajinis. El hombre del abrigo de pelo de camello con un toque más in que el rancio Loden, al que tan aficionados son en provincias, masculla entre dientes la irrefutabilidad de las pruebas señaladas en los escritos de su defensa mientras tantea con mirada caduca los gestos fácticos del magistrado que con imprudencia emergente abandona el ascensor de la derecha. Delante del ventanal acorazado que nos presagia el pequeño jardín japonés, una mujer de unos cuarenta y tantos, de formas exuberantes y plácida melena rubio botellín, con jersey de canalé ajustado y pantalón de chándal rojo gira sus muñecas ab initio dentro de las esposas bajo la atenta mirada que con efecto retroactivo le imprime el guardia civil.

Testigos, reos confesos, leguleyos acicalados y presuntos culpables pasean el palmito en esta trémula mañana de febrero por la flamante nueva sede de los juzgados de Charri City apostada en el antiguo cuartel de la Guardia Civil convenientemente remozado, lustrado y puesto al día con ese toque de funcionalidad, mezcla de diseño zen y ahorro presupuestario en decoración de interiores, tan en boga, últimamente, en los modernos edificios administrativos.

carta y besos

"Flor señora: Si los caminos de Dios con insoldables, no lo son menos los que yo me encargo de transitar en esta tierra. Aquí estoy, a pocas horas de llegar a las famosas factorías de las que nos habló el chofer que pasaba con ganado del Llano, y no sé sobre ellas mucho más de lo que nos contó esa noche de confidencias y ron, allá, en La Nieve del Almirante, que, dicho sea de paso, es donde quisiera estar y no aquí. […] que es un río con más caprichos, resabios y humores encontrados que los que usted saca a relucir cuando el páramo se cierra y llueve todo el día y toda la noche y hasta las cobijas parecen empapadas. La otra noche soñé con usted, y no es cosa de que le cuente de qué se trataba, porque tendría que ponerla en antecedente sobre algunos personajes del sueño que le son desconocidos, y eso daría para muchas páginas. […] Pero, volviendo al sueño, es bueno que le adelante que en él o, mejor, a través de él he llegado a darme cuenta de la importancia cada día más grande que usted tiene en mi vida y la forma como su cuerpo y su genio, no siempre manso, presiden los accidentes de aquélla y la ruina en que ésta suele refugiarse cuando estoy harto de andanzas y sorpresas. Claro que a estas horas, esto no debe ser ninguna novedad para usted. Conozco sus talentos de adivina y de hermética pitonisa. Por eso, ni siquiera me demoro en relatarle en detalle cómo me hace falta, en esta hamaca, sentir el desorden de su cuerpo y oírla bramar en el amor como si se la estuviera tragando un remolino. […] Porque creo que, desde La Nieve del Almirante, usted ha ido tejiendo, construyendo, levantando todo el paisaje que la rodea. Muchas veces he tenido la certeza de que usted llama a la niebla, usted la espanta, usted teje los líquenes gigantes que cuelgan de los cámbulos y usted rige el curso de las cascadas que parecen brotar del fondo de las rocas y caen entre helechos y musgos de los más sorprendentes colores: desde el cobrizo intenso hasta ese verde tierno que parece proyectar su propia luz. Como ha sido tan poco lo que hemos hablado, a pesar del tiempo que llevamos juntos, estas cosas tal vez le parezcan una novedad, cuando, en realidad, fueron las que me decidieron a permanecer en su tienda con el pretexto de curarme la pierna. […] No tengo mucho talento para escribir a alguien que, como usted, llevo tan adentro y dispone con tanto poder hasta de los más escondidos rincones y repliegues de este Gaviero que, de haberla encontrado mucho antes en la vida, no habría rodado tanto, ni visto tanta tierra con tan poco provecho como escasa enseñanza. Más se aprende al lado de una mujer de sus cualidades, que trasegando caminos y liándose con las gentes cuyo trato sólo deja la triste secuela de su desorden y las pequeñas miserias de su ambición, medida de su risible codicia. Pues el motivo de estas líneas ha sido, únicamente, hablarle un rato para descansar mi ansiedad y alimentar mi esperanza, hasta aquí llego y le digo hasta pronto, cuando de nuevo nos reunamos en La Nieve del Almirante y tomemos café en el corredor de enfrente, viendo venir la niebla y oyendo los camiones que suben forzando sus motores y cuyo dueño podremos identificar por la forma como cambia las marchas. No es esto todo lo que quería decirle. Ni tan siquiera he comenzado. Lo cual, desde luego, no importa. Con usted no es necesario decir las cosas porque ya las sabe desde antes, desde siempre. Muchos besos y toda la nostalgia de quien la extraña mucho."

La Nieve del Almirante. Álvaro Mutis.

Ella atrapó al vuelo uno de aquellos besos voladores y lo escondió en su achacoso corazoncito. El más húmedo lo colocó tras su oreja izquierda, las cosquillas y el frescor acariciarían su cuello. Los más pequeños envolvieron sus pechos desnudos. Los perdidos se refugiaron en los pies blancos envueltos en la niebla. Los olvidados la arropan y mecen sus sueños. Y enterró los besos robados en el fondo de su alma cual perro callejero.

viernesito querido:

Soy una mancha de aceite que trata de escalar las patas de la silla de la cocina para engullir de un trago el primer café de la mañana. Consigo sobrevivir maltrecha, arrastrándome correosa por entre las pulsiones del teclado y las palabras apelmazadas y contundentes de las resoluciones. Los ojos no soportan el peso de las pupilas encendidas por esta noche desvelada a golpe de sudores y olores de roces entre nuestras volátiles pieles. Los párpados cargan con los estertores ahogados del placer caprichoso. El cansancio vela las imágenes del recuerdo del encuentro con tal fuerza arrolladora que resulta imposible encender la memoria entre la niebla de la confusión insomne. El cansancio aviva las pulsiones de un letargo de murmullos y manos que encuentran la memoria entre los poros de piel desalada de otro hombre sin futuro. Y la mano es la que recuerda otras manos, otras voces, otros pellejos y otros abrazos, y la mano viene de lejos, de muy lejos, cargada con un hatillo de sienes perfumadas y sabores entre las costillas.

lo siento, guapa, pero...

Lo siento, guapa, pero te falta estilo, gracia en el baile, poesía y cabecita. Te sobra histrionismo, palabrería de graciosa de pueblo, y ese discurso reviejo de soltera. Es cierto, lo reconozco, doña Carmen París, tiene una voz potente y de hondo calado; daría una excelente intérprete folk-jotera, o de ritmos étnicos –si ella lo prefiere-, o incluso de hondo dramatismo, pero ese barullo en el que se ha metido de cantar y componer la desborda y nos aburre. Uno no puede recorrer los mundos con un repertorio de letrillas que le habrán servido de terapia personal –lo repitió varias veces en la noche-, porque eso no son canciones, valen como desahogos de “mi diario” o de blog exhibicionista, puestas a ser tecnológicas y precisar de la exhibición –como la que suscribe y otros miles en la red- pero no para un espectáculo artístico. La mejor: “Ave del paraíso” de Javier Ruibal, y más lejos su canción a ritmo candombe uruguayo. Eso sí, ella triunfó en el Liceo el viernes pasado, bises, público en pie y calor de pecho ajeno entre los aires rancios de ese teatro de provincias. Sin embargo, lo siento, pequeña, necesitas otro repertorio y un asesor de “savoir faire”, y menos mal que el grupo sonaba bastante bien y compacto.

La gran sorpresa del concierto fueron los músicos, por su cohesión y calidad, y porque allí, entre ellos, estaba el chico de mis sueños. La noche anterior soñé que paseaba con mi amigo JP, tratando de explicarle alguna de estas cuitas que me enredan, pero mi amigo era diferente, nada que ver con la realidad, salvo que ambos eran altos, sin embargo esta nueva imagen de mi amigo solo la aprecié cuando me desperté, en mi sueño mi amigo era así desde siempre. El viernes cuando el grupo sale a escena y se colocan, veo en los teclados a mi amigo en la versión soñada: con la misma preciosa y larga melena trigueña oscura, los mismos ojos negros y pequeños, idénticas manos largas y delgadas, la misma nariz delgada y afilada con una vaga reminiscencia de judío de Castilla. Entre pasmada y embelesada no pude dejar de mirar al hombre soñado que resultó ser de Bilbao. Entre tecla y tecla, canción y nota baja parecía decirme: “Lo siento, guapa, pero lo nuestro se acabó...”

lunesito cruel


"Nueve bajo cero en Segovia, Burgos..., cinco bajo cero en Salamanca..., cuatro bajo cero en Ponferrada y Zamora...", recita con desidia el locutor madrugador de radio5 a las ocho menos tres minutos. Es lunes. Isabel Coixet está emocionada, medio lloriquea sin apenas acento catalán, y se lamenta porque no le han dado el Goya a Javier Cámara. "Le llaman Caye..." lloriquea el señor Chao en español con acento francés. Entre los fríos, la estupefacción, el ultimátum de Bush y las amenazas veladas de Merkel por la victoria de Hamás, no consigo mover más allá de las pestañas. El temblor de la hora y las coacciones de los minutos tiran de mí fuera de la cama. Es lunes y son las nueve menos veinticinco. Hace más de ocho horas que no como pero estoy llena. Me tomo el zumo de naranja, las vitaminas y la amoxicilina, y el desayuno en el micro. “A las nueve y diez estoy encendiendo el ordenador”. Abro la nevera y el bote con el preparado bronquítico de cebolla y miel me cae encima, rebota y llega al suelo. El pantalón, la camisa, todo fuera: modelito nuevo. ¡Minutos fuera! La fregona está congelada. El charco de la cocina brilla bajo los cristales de hielo después del fregoteo con los mechones amarillos de la fregona fosilizada. La nieve continúa prendida sin pinzas en el tendedero de la vecina invisible. Volvemos a empezar. Una tostada cae al suelo con la mantequilla pegada a la baldosa. ¡Minutos fuera! ¡Repetimos! Otra tostada para untar, otra que se parte en cuatro, el café congelado y asqueroso. Es lunes y son las nueve y diez: ya no puedo parar. Las revistas no caben en la cartera, el ascensor ha llegado tarde, la puerta está abierta y cerrándose". ¡Uhm!... Me faltan los dientes". Bloqueo el ascensor con la cartera; termino de pintarme los labios; la puerta del ascensor no deja de abrir y pararse, renquea entre enciendes y apagas; ya estoy dentro. Me he abrigado demasiado, casi no me sirve el abrigo violeta, y las botas me aprietan con tantos calcetines. En la calle respiro como un pato y camino trece veces por minuto, cuidando de no caerme. Mis gafas de sol me protegen de los rayos de nieve recién levantada que buscan el camino para acribillarme los ojos entre las azoteas soleadas. Es lunes, son las nueve y veinte, es tardísimo... La vida consiste en encender la mirada hasta pulverizarse los ojos.


"una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos"

Alejandra Pizarnik


dos cabreos y un pasmo

Afuera aún está oscuro, por la ventana ni un aliento de luz. Entre ondas, interferencias y sombras escucho una voz ágil, sonora, encrespada y con el ánimo de fogata en invierno: “señor Jesús no interrumpa a...” Si es la voz de mi Lanzarote, tan rotunda, tan profesional y alcaldable: “está usted acostumbrado a interrumpir... Primer aviso...” ¡Cómo le ha sentado lo de los papeles! A éste le expulsa: “Segundo aviso... Le doy el tercer aviso y está usted expulsado...”. Se acabó, el señor Jesús, concejal del PSOE, fuera del pleno abrigado por todo su grupito.

Mi Lanzarote está muy enfadado, pero muy cabreado. ¡Huy! ayer cómo estaba... al borde de un ataque de nervios. Mucha tensión en el pleno presupuestario y eso era antes del notición: “La Audiencia levanta la suspensión cautelar..." Fue una pena que la rueda de prensa la diese el señor Fernando Rodríguez, tan comedido, endulzando el comunicado y tragándose el veneno a paladas entre mordiscos de bollo maimón y pan lechuguino. ¡Qué pena!... nos hubiésemos reído un rato con mi Lanzarote envenenado y desatado como está, en plan Carmen Maura a punto de tirarse por la azotea del pisito.

Tal vez podríamos hacernos compañía y apechugar juntos con el vacío neurasténico en el que estoy metida desde este último estudio yankee –siempre hay algún informe de una universidad gringa- que ha comprobado que, en sus enormes empresas, los hombres guapos tienen más facilidades para llegar a puestos ejecutivos y de dirección, lo tienen más fácil para ser promocionados, en cambio si eres feo lo tienes más crudo. En el caso femenino, al revés: si eres mujer y quieres labrarte una carrera profesional de directiva ejecutiva, a lo Ana Patricia Botín sin ir más lejos, lo tienes negro si eres guapa, en este caso se promociona antes a las feas o normalitas con cierto toque masculino. Tal como me pintan el panorama, me veo de quitagrapas sine die y departiendo en el coffee break con feuchos sosainas con la barriguita cuajada de tapitas; toda la sección del “vogue masculino” se ha trasladado al comedor de ejecutivos, y ya se sabe: ellos las prefieren guapas pero tontis. ¡Huy perdón!, rubias, quería decir rubias.

bronquitis

Es lo bueno de estar enferma, puedo quedarme en la cama todo el día sin que Misombra me atize con el látigo. Ya se sabe las sombras tienen un punto de sacrificio cristiano que siempre da la lata. Bueno, enferma, enferma..., enferma de mentirijillas. Un poco enferma, claro, pero sin necesidad de zurrarse a opiáceos para esquivar el dolor. Un algo enferma con los bronquios atascados, con este peso de hierro en el pecho a suerte de angustia opresora que te devuelve al vacío existencial en la más pura línea sartriana. Una pizca de enferma: molido el espinazo, afogada la cabeza y estrellados los miembros. Un pellizco de enferma para recostarme entre almohadones, sorber los mocos, aspirar con fragor el "sinus" y pasar de un libro a otro toda la mañana recortando en los vahos la chispa de las palabras -única compañía en este día de niebla atascada y cencellada radiante-:

"Era una mañana helada de febrero, y a través de la ventana se veían los campos nevados y al fondo la hilera de álamos en el río"
"una figura cruza la superficie... en dirección al horizonte helado. El cielo es azul pizarra y rosa desvaído y la imagen es la noción del norte"
"Un perro cenizo con un lucero en la frente"
"Siguieron haciendo el amor en la siesta, de prisa y sin corazón, a la sombra evangélica de los naranjos"
"La vida hace, a menudo, ciertos ajustes de cuentas que no es aconsejable pasar por alto"
"Muchos besos y toda la nostalgia de quien la extraña mucho"

Cuando era pequeña y llovía todos los días, me gustaba hacerme la enferma, quedarme en camita mirando la lluvia sin hacer nada. Mi enfermedad favorita eran las anginas —que por otra parte, padecía de verdad, así que colaba— o un vago: "no me encuentro bien" de niña enclenque y enfermiza. La comida de enferma era pescadilla cocida con aceite —así te doliese el estómago, las anginas o la cabeza—, que mi madre preparaba como una delicatessen rural con la mitad de una cebolla.

Hoy no he ido al cole, pero tampoco he comido pescadilla cocida.

al alba, al alba

Al final nada de helicópteros, ni grúas de alta tecnología, con dos carretillas y dos operarios y ¡hale! a trajinarse las 500 cajas desde el Archivo a los furgones aparcados en la puerta de Aníbal; bien cedo, a las seis de la mañana, y rapidito, rapidito —a las 7.18 horas legajos fuera—, con una rasca de pinganillo y cuatro insomnes de la zona para amenizar el reseco. Así de sencillín, como Carmen Calvo: en dos carretillas, si no hay nada como los útiles artesanos, los de toda la vida. Esto no se lo esperaba mi Lanzarote, él a lo grande: bolardos encendidos, bloques de hormigón en plan mediana de autopista, policía municipal desde ayer tarde... Claro que yo hubiese hecho el "saqueo" en burro, sí con dos preciosas reatas de burros para darle un toquecito a lo Bienvenido Mister Marshall, con el señor Málaga dirigiendo la recua vestido de carretero cañí y mi querido Lanzarote con su espectacular traje de charro tirando del burro por el rabo, con garra y gallardía, en un último afán por detener "el expolio".

Ahora, a mi Lanzarote, ya sólo le queda cantar aquello de: "Al alba, al alba... Quiero que no me abandones, amor mío, al alba... Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga..."

miliko

miliko

Son las cinco y diez, me asomo a la ventana, vuelve a llover. Un cielo gris cerrado no deja ni un rastro de dudas en la sombra que nos echa encima esta tarde invernal con un aire cercado por agujas que castañean entre la ventolera. En la ventana de enfrente, con la persiana a media asta y casi a oscuras entre mórbidos reflejos del monitor, el vecino de casta militar digiere otro domingo más ante la pantalla del ordenador.

En la ventana contigua una mujer menuda, de labios nerviosos y brazos dispuestos teje pegada a la pantalla del televisor. La mujer arquea las cejas con gesto de sorpresa contenida y de olvido recordado en un ¡zas! Abre la ventana para recoger las dos bragas tendidas en volandas y aprieta los labios con pesadez tratando de no perder de vista el cigarrillo al que se aferra entre toses.

Son las once y veinte, el miliko continúa concentrado como si apuntase a ese enemigo oculto entre los vericuetos nocturnos de los miles píxeles alineados en escuadrón, parece que busca atinar el disparo del cañón al enclave más alejado. En la habitación contigua la mujer fuma sin bizquear, en un ajado sillón pasado de moda; horas y horas frente al rabioso colorido de la pantalla parlanchina y azucarada.

En las noches de verano, el miliko abre la ventana y respira; los mosquitos aspados se pegan cerriles al monitor, sin embargo no huye, ahí sigue sentado inmóvil. Sólo con la luz mañanera iza la bandera y cierra las esclusas.

Son las cuatro y diez, la noche es larga y fría, con cautela aparto una pizca las cortinas y sin encender la luz observo al miliko inmóvil, otra madrugada más. Tal vez, siente mi presencia porque su mirada traspasa mis costillas y rebota en el lomo del Casares. Vuelve al reflejo azulado del monitor y teclea con ritmo lento de habanera melancólica. Al lado, la habitación oscura y vacía a estas horas; cerca la mujer duerme lejana un sueño inquieto de galanes celosos y perros guardianes.

million dolar baby

Bueno, ya está, otro que lo ha conseguido, otro que se ha forrado... El pequeño Alex, un inglesito de provincias, pura raza anglo —tan sólo basta con verle en las fotos—, con unos ojos azules brillantes que dan ganas de tumbarse bajo su cielo, pero tan blanquito que da frío, y con cara de no romper nunca un plato. Este aplicado universitario ha vendido los píxeles de su página web y ha ganado más de un millón de dólares. Y por encima, hasta le ha quedado mona: un collage multicolor plagado de enlaces.

Todo comenzó el 26 de agosto de 2005, según Alex nos cuenta en su blog, cuando tuvo una "pequeña idea" para poder ganar dinero fácil y rápido: dividir su web en un millón de píxeles y venderlos a dólar. Claro que también pensó que quizás no funcionase, pero después de todo: "I’ve got nothing to lose by trying. And I’m sure it’ll be fun". Este es el secreto, queridos niños y niñas, pensar que no se pierde nada por intentarlo y divertirse con ello. Desde ese momento la bola comenzó a rodar... y en un tris –en su blog van contando el proceso día a día- llegaron la fama, las entrevistas, NYC, la TV y por último la subasta en eBay de los últimos 1000 píxeles. Nada, otro que ha dado un braguetazo en la red. Y otros imitadores que no sé yo...

Bueno, a ver... estos charri-niños, queridos, que tan amablemente me leen ¿alguna idea para forrarse? Necesito retirarme ya!...
"Atención, comencemos la lluvia de ideas", que decía el cura de religión de mi cole. Abramos los paraguas. ¿Ninguna sugerencia?

¡Huy!, tengo una: subastar los papeles de las 507 cajas del Archivo en eBay
¡Quién da más, señores!

lances

"Con la ayuda del whisky, dormía hasta bien entrada la tarde y luego yacía en la cama, con una botella y un vaso a mano, hasta la hora de vestirse para salir a cenar. La desconfianza que empezaba a sentir hacia el alcohol la desconcertaba un poco, como si fuera un viejo amigo que le hubiera negado un pequeño favor. El whisky aún podía consolarla, pero había momentos súbitos e inexplicables en los que la nube la abandonaba traicioneramente, y la sobrecogía el dolor, la estupefacción y el malestar que experimentan los seres vivos. Jugaba voluptuosamente con la idea de una retirada serena y somnolienta. Nunca le habían turbado las creencias religiosas y no le intimidaba la expectativa de una vida más allá de la muerte. Soñaba despierta en ese futuro en el que no tendría que ponerse unos zapatos que le apretaban, ni reírse, escuchar y admirar, ni ser nunca más una mujer alegre y despreocupada. Nunca más."

Levanto la cabeza del libro de Dorothy Parker y mis ojos embisten envalentonados las paredes amarillo emperador –sí, amarillo emperador a decir del austriaco olvidado- del café Novelty, en tanto que mis piernas se arquean en un lance de verónica, y chasqueo los dedos con fuerza y un aire de volapié en la suerte de matar antes de que mi voz de pitos y bronca le despache al barman:

—¡Felipe, otro whisky con hielo!

la vuelta

la vuelta

Aquí estoy sentada en la bañera de mi casita, con el agua hasta las orejas, bien caliente, en plan geiser islandés mientras que La soledad de las parejas, de Dorothy Parker, borbotea entre mis dedos; y un arrullo de hogaza de pan recién salido del horno se apoltrona entre las piernas. "Soltó unas risitas alegres, el tipo de risa que destinaba a los tés, las ceremonias de boda y las cenas formales".

Dejar la periferia húmeda y volver a la neblinosa meseta helada exige un baño limpieza que me despioje los musgos pertrechados entre los pliegues de las arrugas; también requiere aplicar una triple dosis de tapaporos, con el aceite de bergamota bien cargado, que me aísle en las noches bajo la escarcha. "La joven sentada en el sofá le miró como si lo hiciera a través de hielo transparente".

Dorothy Parker es mi última pasión, nada de hombres, sólo ella, tan sólo ella, esta ácida neoyorkina que murió en un hotel de Manhattan acompañada de su perro viejo y una botella de ginebra. "No puedo soportarlo. He perdido toda mi fuerza de voluntad… quizá la sirvienta la encontrará en el suelo por la mañana".

Sí, nada de "don juanes" de provincias que no tienen ni mañas, ni encantos para seducir a las ingenuas que traquetean sus lustrosas caderas por los empedrados de la cuesta de Sancti Spiritus. "Era un hombre apuesto de veras, modelado para que le asediaran. Su voz era íntima como el susurro de las sábanas y no escatimaba sus besos".

La música de Josh Rouse y Death Cab For Cutie –últimas recomendaciones de mi amigo "el estanquero" pero nada nuevo bajo el sol— resbala por los azulejos rosáceos del baño, y el teclear apresurado de Lapetarda en sus chateos a deshora con los contactos del match.com —¡qué mujer, ésta!, horas y horas en sus portales de contactos— me alejan definitivamente de la costa atlántica. "Por desgracia, las amapolas, esas flores tan adecuadas para el olvido, predominaban en el dibujo de la tela".

Una vez más, compruebo que mis zapatos rosas están vacíos: los Reyes Magos han pasado de largo. Nada, tan sólo polvo de carbón entre lass hebillas plateadas mis pequeños "chúpame la punta". "Siempre había llorado con facilidad y con frecuencia. Sin embargo, a pesar de los años de práctica, no lo hacía bien".

carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Soy una chica de provincias, vivaracha y algo ingenua, aunque sólo me las dan con queso cuando me dejo.

Sí, ya sé que esto es un imposible nada más; de todos modos quiero pediros un año de amores piadores, la felicidad a mordiscos, los amigos a bandadas y una cabeza a pájaros. Quiero que me libréis de los picaflores que me quieren en una jaula, y de los buitres carroñeros siempre al acecho. ¡Ah!... y, por supuesto, los cuervos cenizos: nunca más.

¡Huy! me olvidaba, también quiero alpiste a mazo.

Queridos Reyes, podéis enviarme los frutos y semillas a emmab.blogspot.com

Un beso con alas.

Emma B.

océano

Desde mi ventana atlántica olfateo un mar cuajado de sal y algas marrones y verdes. Dentelladas de espuma rizada quebradas por nubes deshiladas a fuerza de noches sorprenden la mirada perdida en el mar adentro. El aire mojado de salitre desparrama entre las voces de la casa un aroma amargo de lágrimas y océano.

Tierra adentro, decenas de kilómetros al norte, el granito lavado cubierto de musgo sedoso destila el veneno melancólico de la memoria. Bajo los soportales de la rúa del Villar, los pasos saltarines de "el rubio" y mis andares de rumba lanzan destellos rizados de un mar azul que rebotan contra las losas de piedra camino del océano. Las voces de los viejos amigos crepitan ante un café en la mesa de El Casino y chorros de recuerdos corren entre los gastados sofás de cretona y se refugian entre los recovecos del artesonado del techo.

El océano es un estado de ánimo que se infiltra. Ch. Baudelaire.


día de navidad

-Toma, esta carpeta me la ha dado tu padre -dice mi hermana con voz pedir un café-, me parece que es tuya.
-¿Qué es? -le pregunto curiosa al tiempo que recojo la carpeta azul, vieja y blandengue después de años de humedad en un desván lluvioso-. ¡Vaya!, retorno a Brishead en Navidad...
En su interior perfectamente organizados: una carpetilla blanca con un autorretrato de mi viejo amigo S., datado el 27-4-79, un dibujo de lápiz, surrealista y anónimo, bastante desagradable, con venas cosidas y un pequeño barquito de papel que navega por la raya de un ojo reventón, y otros dibujos con muchos colorines y bastante "pasteles", producto de aquellas noches santiaguesas repletas de lluvia; dos vetustos ejemplares del "Mundo Gráfico" de 1916 y 1920; y otra carpetilla negra con reseñas y anotaciones de variados libros y autores: Goytisolo, Pasolini, Gramsci, Alvaro Caeiro, García Lorca, Noam Chomsky, Bertold Brecht o Leonard Cohen, entre otros. Y recupero mi poema favorito de Kavafis, ya olvidado:

"Nada me retuvo. Me liberé y me fui
hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer."

Lo que no reconozco, y me resulta totalmente extraño es el cuadernillo mecanografiado, con apenas cinco hojas de papel cebolla, y el siguiente título en la portada:

"PALABRAS DE POETA"
Poemas escritos por: Antonio Rodelas Montes
PROVO

Y un pequeño recorte en su interior que dice:

"Estos poemas son intercambiables por:
Unas palabras totalmente necesarias para el alma.
Un puesto de trabajo para mantenerme como persona.
Unas monedas para ir tirando.
Un beso para seguir soñando.
Cualquier cosa para continuar amando."

No recuerdo a su autor. No tienen fecha -imagino que serán de esa misma época-, ni anotación alguna. No consigo recordar cómo esas cinco hojas llegaron a mis manos. Tal vez unas palabras, un beso o quién sabe qué..., me las dejaron entre los dedos.

otros días

Los otros días:
La pequeña Lolita bailaba bachata al fondo del local con su falda de tules de Kiddy’s Class, bajo la atenta mirada del señor Salva-canalla que se la follaría —si se dejase— en el cuarto oscuro del almacén. Rosario pasea sus huesos por el barrio de Gracia. Mi querido Lanzarote dijo que tenemos un Gobierno de “geyperman” y de “barbies”. Una niña de diez años escribió un libro de ayuda para hijos de divorciados. Rosario saborea encendida su última copa de coñá. El señor Zapatero gritó que los dirigentes del PP son “patriotas de hojalata” y el señor Rajoy pataleó que el presi es un “bobo solemne”. Rosario arde viva en un cajero de La Caixa y tres micos aplauden. Carmen Calvo declaró que aún no tiene hora para llevarse los legajos del Archivo. El señor Blanco escribió en La Gaceta que mi Lanzarote parece Groucho Marx; personalmente, creo que ni merece tal piropo. Eso sí..., tenemos al país que parece el camarote de los hermanos Marx. Los tres micos sollozan lágrimas de cocodrilo: “se nos fue la mano”, “no queríamos hacerle tanto daño”. Y nadie reclama el cadáver calcinado de Rosario.