mercado de otoño
La indiferencia de las setas, tan bien acostadas en sus cajitas de madera, la mantenía en vilo. Sólo esperaba una señal para huir.
La indiferencia de las setas, tan bien acostadas en sus cajitas de madera, la mantenía en vilo. Sólo esperaba una señal para huir.
En este momento reponen Arrebato en la 2. Tanta voz en off, tanto caballo y raya de cocaína me abruman. Y el mito de Will More roto en pedacitos de aburrimiento. ¿Me hago vieja?
Bajo un castaño viejo y retorcido como un lunes de invierno. Una hoja dormida, otra requemada. El libro entre los dedos no cuenta las horas.
Un hilillo de sudor desciende por mi espalda. El sorbete de mango vira rumbo a sotavento, encalla en el paladar.
Escoramos.
Nos hundimos.
-Ya es hora de que cambies la portada.
- El sombrero me come y las noches se alargan, el sol
salió a las 8:14 y se pondrá a las 20:14.
No falta nadie, ya estamos todos: el fútbol, el egipcio del Bar del barrio, la vuelta ciclista, la crisis bancaria, el atasco de Álvaro Gil, las niñas buenas, los corticoles, los amigos, la semana fantástica, los estudiantes, la segunda recesión –agazapada entre los pliegues de la falda de Christine Lagarde-, miss piernas y sus escotes palabra de honor, los tertulianos de toda la vida en las radios, la marabunta de las despedidas de solteritos, las casetas y las ferias, los sobreros en los chiqueros de La Glorieta, los apocados amarillos en las hojas de los chopos, huelo el otoño cada noche en el balcón.
Sólo falta Mañueco vestido de charro... Eso, mañana niños queridos. ¡Qué nervios!
Sin internet hasta el 22 de agosto. ¡Vacaciones!
Gracias a the passenger por la foto.
Régua, 16 de septiembre de 1962
Sudor, río, dulzura.
(En el principio era el hombre…)
De cocción en cocción,
El mosto va corriendo
en su lecho de piedra.
Corriendo y reflejando
el bifronte paisaje
marginal.
Corriendo como corre
un dorado caudal
de sufrimiento.
Corriendo, sin
saber
si avanza o retrocede.
Corriendo sin correr.
La desesperación nunca desagua.
Miguel TORGA, Diario IX (1964). Traducción de José Luis Puerto.
Si la pereza fuese una nube, viviría en el país de las nieblas perpetuas.
He decidido exprimirla y que el diluvio inunde este corazón lleno de polvo.
Tanta expectación con la telaraña sobre la plaza Mayor: que si el Ayuntamiento deja, que si no deja, que si Patrimonio, que si peligro para la Plaza. Tanto peligro, tanto peligro para los balcones, que al final nos ha resultado una telaraña pervertida y poco peligrosa. Tal vez el peligro para los tímidos charrilandes al ver la que se le venía encima. Ese tejido de hilos pringosos que se pegaban a la naricita, las mejillas, los pantalones, el pompis o el muslamén, que se deslizaba a cuestas sobre nuestras cabezas gracias a las manitas de los presentes; era incómoda o juguetona según los gustos -algunos continuaron la noche con melenonas hasta la rodilla naranja Hare Krishna-, pero nada más. Alguno hubo que huyó despavorido al verse bajo el tejido resinoso que lo amparaba.
10 de junio, casi las doce de la noche. Más templado que las últimas noches. Los diablillos obscenos del remate de la fachada del Hospital de Estudio aprovechan la algarabía estudiantil para achucharse entre los focos, besarse tras la puerta del Patio de Escuelas, y fornicar bajo el escenario. Renate Jett los abraza con su voz tornasolada, envolvente, serena como la nieve que cae sin viento; y los jadeos de los músicos excitan su pasión. Algo así necesitabamos después de toda aquella rabia y tanta violencia de Shalala - Erna Ómarsdóttir en el teatro de Caja Duero.